El grano de la paja

El grano de la paja
Crítica publicada en diario SUR (22/02/14)

Esta panorámica muestra, en la que se concitan obras sobresalientes y otras cuestionables e intrascendentes para el discurso, nos enfrenta tanto a distintas sensibilidades y constructos en torno al paisaje como a numerosos lenguajes

‘Courbet, Van Gogh, Monet, Léger. Del paisaje naturalista a las vanguardias en la Colección Carmen Thyssen’
La exposición: 42 pinturas, la casi totalidad realizadas en óleo sobre tela, pertenecientes a la Colección Carmen Thyssen, la mayoría depositadas en el Museo Thyssen-Bornemisza (Madrid). Las obras describen un arco temporal fijado entre 1830, mediante el extraordinario ‘friedrich’, y 1973 con una pieza de Antoni Clavé. El conjunto, usando el paisaje como ‘leit motiv’, especialmente la Naturaleza pero también lo urbano y los jardines, sirve para establecer una panorámica no exhaustiva de algunos de los lenguajes y las sensibilidades hacia este género que se sucedieron en ese lapso. El conjunto aspira a vislumbrar la influencia de algunos artistas y lenguajes exógenos en parte de los pintores nacionales, con gran presencia del núcleo catalán, escenario en el que se difundieron algunas de las primeras experiencias renovadoras. Comisario: Juan Ángel López-Manzanares. Lugar: Museo Carmen Thyssen Málaga. Plaza Carmen Thyssen, Málaga. Fecha: hasta el 20 de abril. Horario: de martes a domingo, de 10.00 a 20.00 h.

Casi toda colección posee distintos niveles que pueden desembocar en irregularidades y saltos. En ocasiones, el afán por atender a un determinado artista o círculo puede conducir a que, con un carácter totalizador y con un ‘compromiso’ con ciertos focos, se coleccione piezas no tan brillantes o superadas de ese determinado autor o contexto, anacrónicas en algunos casos y, en otros, incluso intrascendentes y de dudosa calidad. Si, como en el caso que nos ocupa, la colección posee obras sobresalientes de autores tan fundamentales como Van Gogh, Monet, Courbet, Léger o Friedrich, por citar sólo algunos de los que ahora se muestran en esta exposición –hay muchos más grandes nombres parangonables a éstos-, resulta muy difícil que todas las obras estén a la misma altura y posean el mismo valor e importancia. Todo lo dicho anteriormente es atribuible a una colección tan profusa y destacable como la Carmen Thyssen, en la que, ciertamente, el brillo y el número de esas piezas excepcionales, así como la posibilidad de construir relatos historiográficos con solvencia y rigor, ocultan el porcentaje inferior de piezas más intrascendentes o cuestionables.
Sin embargo, al hacer una selección de apenas cuarenta obras que cumplan los criterios de ser paisajes y estar fechadas entre 1850 y 1950 aproximadamente, se ha corrido el riesgo, quizás el error al no actuar de modo contenido y discriminando –«separando el grano de la paja»-, de dar cabida a demasiadas piezas que ofrecen un nivel muy por debajo no sólo de las obras maestras, sino de piezas simplemente estimables. Además, muchas de ellas no enriquecen el discurso y empobrecen la puesta en escena de la propia colección, adquiriendo en algunos casos un inusitado protagonismo que revierte negativamente sobre la selección expuesta. A ello ayuda el montaje, con demasiadas piezas, lo que hace que en algunos sectores sea una especie de ‘continuum’, sin duda favorecido por la temática y la profusión de obras del mismo lenguaje, así como hace muy difícil que los cuadros se ajusten a unos epígrafes estilísticos que vienen a ordenar coercitivamente el conjunto de piezas. En ocasiones, tal densidad hace que se difumine y no se potencie la trama propuesta de influencias y diálogos (una de las tesis de la muestra).
La inclusión de algunas obras en algunos de esos epígrafes resulta historiográficamente cuestionable. Estos epígrafes que, rotulados en la pared, articulan el espacio, a veces entran en contradicción con lo que vemos, resultando en algún caso literalmente chocante, como por ejemplo ocurre al ver bajo el descriptor «Vanguardias» las pinturas de Josep Amat i Pagès e Iu Pascual i Rodes, ‘tardías’ respecto al fenómeno vanguardístico y, ante todo, ajenas, o cuanto menos anacrónicas, a éste. Tampoco ayuda en este contexto expositivo, marcado por tantas piezas destacables, la presencia de una vista de Las Ramblas de Amat i Pagès fechada en 1950 al lado de un fabuloso ‘léger’ de 1923 y frente a un grupo de obras de autores vinculados al magicismo y a Dau al Set, verdaderos pioneros de la renovación plástica española de posguerra –la presencia de estas obras de Ponç y Cuixart es uno de los aciertos de la muestra, ya que incorpora otra noción de paisaje-. Pareciera que la inclusión de algunas de estas obras señaladas, al igual que otras, como la de Benet, responde a un ejercicio de «rescate» y visibilidad mediante el contexto. Lástima que con este montaje se haya roto el nivel que se había logrado en las últimas exposiciones celebradas en el museo.
A pesar de no pretender ser un ejercicio exhaustivo, ha de destacarse que la exposición, evidenciando las posibilidades de la colección que la sustenta, es un recorrido panorámico por el Naturalismo, los estertores del Romanticismo, el impresionismo y sus derredores (divisionismo o ‘complementarismo’, tanto como el luminismo escenificado por un excelente óleo de Rusiñol), así como algunas estribaciones de la modernidad y las vanguardias. La Naturaleza aparece como continuo espacio de interpelación acerca de la propia condición humana, como ámbito puramente hedonista, así como espacio de evocación, de vuelta a los orígenes y huida de Metrópolis, de la urbe asfixiante, que daría lugar a temáticas arcádicas y pastoriles como la de bañistas, tal es el caso de ‘Mediterráneo’ de Sunyer. Los efectos atmosféricos y ambientales (el sol, el agua del mar, el piso mojado, la naciente luz eléctrica) centraron la mirada impresionista, que buscaba ‘atrapar’ lo fugaz, lo cambiante y la contingencia del referente representado. Como hemos venido señalando, entre las 42 piezas expuestas, se concitan algunas verdaderamente extraordinarias: la pieza crepuscular de Friedrich, en diálogo –y visibilizando esa influencia- con paisajes de artistas españoles que toman el motivo del ocaso, de lo sublime y de la ruina, nociones profundamente simbólicas y románticas; la pequeña, libre y ‘vigorosa’ pieza de Matisse, con la pincelada y el color expresivos; muchas de las obras de Meifrèn, como ‘Paisaje de árboles bajo el sol’; el nocturno de Maximilien Luce, divisionista antes que simbolista; o, por citar alguna más entre otras muchas, el esencial, expresivo y ‘cubistizado’ encuentro entre lo natural y lo urbano que presenciamos en la pieza de Derain.
Queda por reseñar un aspecto en ningún caso baladí respecto a la misión expositiva de la institución, acentuado por la preocupación que muestra ésta por señalarse como ‘marca’ y ‘motor’ de un entorno –el bautizado como Entorno Thyssen- o por buscar visibilidad con actividades ‘singulares’ al margen de las muy efectivas parcelas pedagógica y formativa. Nos referimos a la periodicidad media de las exposiciones que venía programando el museo (alrededor de cuatro meses) y que, con esta muestra conformada por fondos de la Colección Carmen Thyssen y con el patrocinio de La Caixa, ha pasado a seis meses y medio, algo ciertamente excesivo. Conviene no alargar los tiempos para que la agenda expositiva gane viveza y dinamismo, más aún si el Ayuntamiento sigue sumando una generosa aportación económica y si, como ha ocurrido este año, se ha adaptado con muy buen criterio y resultado el salón noble del Palacio de Villalón como espacio de exhibición.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s