Recuerdo y eco

Recuerdo y eco
Versión ampliada de la crítica publicada en diario SUR (17/05/14)

Miguel Gómez Losada pone en juego la capacidad de la pintura para evocar, para trascender lo real y crear una atmósfera en la que el espectador quede cautivado por el eco de sus imágenes y recuerdos

Miguel Gómez Losada. ‘Una historia rusa’
La exposición: 32 piezas, a excepción de 2 óleos sobre lienzo, el resto del conjunto son óleos sobre papel japonés. Lugar: Galería Yusto/Giner. Madera, 9, Marbella, Málaga. Fecha: hasta el 24 de mayo. Horario: lunes a viernes, de 10.00 a 14.00 h., y de 17.00 a 20.00 h.; sábados, de 11.00 a 14.00 h.

La historia rusa en la que nos sumerge Miguel Gómez Losada (Córdoba, 1967), ya que crea una atmósfera en la que quedamos suspendidos, nace del viaje paterno a Rusia en 1968. El pintor evoca ‘su’ Rusia, la que en parte anidó cuando niño gracias a la voz de su progenitor al contarle episodios o enseñarle mapas e imágenes, la que compartió con él –en esencia una reconstrucción de aquel viaje- y que ahora pinta para poder revisitar. O lo que es lo mismo, para recuperar ese torrente de afecto, vivencias y emociones que suponen un vínculo familiar inquebrantable.
Estas sensaciones están muy presentes en cada una de las obras, pero lo que parece estar en juego es la capacidad de la pintura para evocar, para trascender lo real, para comunicarnos con lo no-visible. De hecho, las imágenes no dejan de ser impresiones. Esto es, que el artista rehúsa la fidelidad, puesto que va construyéndolas hasta situarlas en un estado en el que dan la espalda a lo preciso y rotundo para optar por la sugerencia, por lo evocador. Gómez Losada se apoya en iconos que vienen a ajustarse a la concepción –tal vez a los estereotipos- que almacenamos de Rusia (el poderío militar, su participación en algunas de las más importantes guerras, la estepa, la disciplina de la gimnasia artística, etc.), actuando como referentes que nos introducen en esta historia o contexto que, en realidad, no es un relato sino un cúmulo de vistas, vivencias y acontecimientos. Ruso era Lev Kuleshov, quien teorizó en los años veinte del siglo pasado sobre la sintaxis fílmica a través de diferentes supuestos. Kuleshov investigó cómo el montaje fílmico permitía ‘agrupar’ y unir distintos planos o fotogramas ya existentes o inconexos en origen, tanto como hacer pasar por un mismo lugar diferentes emplazamientos, de modo que se sucediesen aunándose en un relato que asumimos como uno y lógico. En este sentido, Gómez Losada crea una atmósfera en la que se integran pinturas o algún pormenor de las mismas que no responden originariamente a ‘materiales rusos’ sin que ello actúe en detrimento de la propia historia, poniéndola en quiebra o ponga en peligro nuestra respuesta.
Muchos paisajes poseen cierto halo panteísta y son una enunciación de lo sublime, como en algunos en los que la figura humana se recorta empequeñecida ante un escenario natural infinito e inaprensible, midiéndose ante él como mero observador de su grandeza y dando la medida de su insignificancia. Curiosamente, estos escenarios marcados por el vacío y por una inmensidad aislante, que, atendiendo a nuestro archivo de imágenes y clichés, podrían ser entendidos como estepas, como ‘localizaciones’ siberianas, han sido usados por algunos artistas rusos como Ilya y Emilia Kabakov –quizás los artistas más importantes desde hace décadas- como metáforas del alma rusa y de las condiciones de vida que imponía el régimen político ―‘estatalidad’ lo llaman ellos.
Vista parcial de la exposición (Fotografía Yusto/Giner)
Gómez Losada pide para sí la libertad que ayude a revivir y reconstruir aquellas historias paternas y la imagen del gigante euro-asiático. Su pintura no es espacio para las literalidades, sino para acercarse a la atmósfera de descubrimiento que quizás brotaba en el momento en el que un padre comparte y escenifica la experiencia de un viaje al confín del mundo. El tiempo modela y transforma lo real, hace que se pueda ‘revestir’ de modo distinto. Gómez Losada pinta como revive o como recuerda. Y tal vez pinte para hacer más fuerte el lazo que le une a aquellas vivencias para fijarlas un poco más, para buscar la eternidad, tal como ansiaba su admirado Andrei Tarkovski en sus ‘polaroids’ (1979-82). No podemos evitar que resuenen las palabras de su paisano Julio Romero de Torres, quien sostenía que «La pintura debe ser verdad a través del recuerdo», totalmente influido por Ramón María del Valle-Inclán, que afirmaba que «Nada es como es, sino como se recuerda». Y es que, el tiempo y el recuerdo exceden lo objetivo y la imposición de la memoria, como nuestra huella en la arena del rebalaje o en la nieve, más frágil y distinta cuanto más tiempo pasa.

Precisamente, Gómez Losada pinta ante todo el tiempo. Muchos de los motivos que conforman sus escenas parecen estar erosionados, parecen haber sufrido literalmente el paso del tiempo. Aquí adquiere sentido la idea de que pinta como recuerda, ya que la aplicación del color desvaído o los procedimientos para ‘erosionar’ y hacer borrosos muchos de los motivos se tornan recursos semánticos, esto es, el modo origina el sentido o el significado, puesto que quedan imbuidos por un halo evocador, como remembranzas. Así, las imágenes se encuentran en un espacio impreciso, vacilan entre aparecer y desaparecer, entre aflorar o fundirse con el fondo borrándose. Es ésta una manera de pintar el recuerdo, el paso del tiempo, la transformación de lo vivido. Los papeles en los que representa un buque de guerra y un submarino, fiel a su economía de medios, están resueltos usando para toda la superficie el mismo color característico de esas naves, el gris antracita que remite al metal. Sin embargo, bajo esta capa de color afloran zonas cobrizas que sugieren la aparición del óxido, o lo que es lo mismo, de ese paso del tiempo. Su obra entonces rechaza lo rotundo, un grado de iconicidad tan extremo que resuelva el acercamiento del público en un simple acto de reconocimiento. Gómez Losada busca crear un estado en el que retenernos, que nos obligue a sentir esa atmósfera que persigue. Esto hace de su pintura un ejercicio cautivador.

Un aspecto fundamental en su lenguaje es la economía de medios y de ejecución. Aquí radica quizá su principal vínculo con una tradición pictórica a la que siente pertenecer: la que nace en la pintura de Velázquez pero que, a excepción de algunos episodios en Goya, no será proyectada hasta su recuperación por Manet a partir de 1860, interpretándose como origen de la pintura moderna. Gómez Losada entiende que ésta es la base de una pintura en la que confluye junto a artistas como Sasnal o Richter. A veces, una simple raya en horizontal que interrumpa la pintura que ocupa el fondo en su caída vertical y una escueta mancha blanca son capaces de originar un paisaje que desde lo mínimo nos traslada a lo inmensidad.

Sus espacios vacíos y silenciosos y la tendencia a la monocromía alertan de esta economía, además de ser un guiño a esos orígenes, tanto como el uso de una pincelada arquitectural, que construya o ‘dibuje’ por encima de ser rasgo de virtuosismo y derroche. El virtuosismo en su caso ha de ser entendido como la capacidad para comunicar y conmovernos con los mínimos elementos posibles: en el eco de sus imágenes y recuerdos.

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