David Escalona/Chantal Maillard. Ofrendas

Ofrendas
Versión ampliada de la crítica publicada en diario SUR (21/06/2014)

El dolor y el trauma afloran en la obra de David Escalona, pero también la esperanza de sobreponerse y vencer al destino mediante el arte, que, como una ofrenda, adquiriría un papel sanador y liberador para sí y para los demás

David Escalona/Chantal Maillard. ‘Dónde mueren los pájaros’
La exposición: 5 obras con un claro sentido instalativo y ambiental en las que emplea distintos elementos, desde cananas, una cama o un paracaídas a esculturas creadas por él o intervenidas, como unas manos de un Cristo dieciochesco que dora. Acompaña a las instalaciones y esculturas un bloque de 80 dibujos (grafito sobre papel vegetal). Nacidos de una intensa y larga relación de amistad y complicidad entre él y Chantal Maillard, la poeta y filósofa ha creado una serie de poemas que se sitúan en la sala y a los que se puede acceder también a través de la voz de la autora de los mismos y que resultan fundamentales para la comprensión del conjunto. Lugar: Galería Isabel Hurley. Paseo de Reding, 39 bajo, Málaga. Fecha: hasta el 31 de julio. Horario: de martes a jueves, de 11.00 a 13.30 h. y de 17.30 a 20.30 h.; viernes, de 11.00 a 14.00 h. y de 18.00 a 21.00 h.; y sábados, de 11.00 a 14.00 h.

Han pasado días desde que me reencontré con el universo de David Escalona (Málaga, 1981), acompañado en esta ocasión por los poemas y la voz de Chantal Maillard, y aún escuece la ‘herida’. También pervive cierta emoción cada vez que revisito mentalmente algunas de sus imágenes e intuyo el sentido y la finalidad con las que nacieron. Tal vez por todo lo anterior y por el sobrecogimiento y el silencio cuasi-religioso que se siente ante las obras, nace cierto vértigo al hablar de ellas, cierto temor a que las palabras devengan ruido.

Aspecto de parte de la exposición de David Escalona 3. Fotografía de Manu Meik
Aspecto de parte de la exposición. Fotografía: Manu Meik

Escalona vuelve a ponernos ante la experiencia extrema del ‘rebasamiento de los límites’. A saber, el acceso al conocimiento de la muerte y del dolor a una edad temprana, siendo niño aún. También a la conciencia del cuerpo y su vulnerabilidad, una suerte de salto al vacío para el que, como lo anterior, nunca se está preparado, pero que no queda más remedio que crecer con ello y aprovechar esas circunstancias –o identidad- como una oportunidad para (re)conocernos y aceptar cómo esas experiencias, ligadas al dolor y al trauma, condicionan la manera de entender la simple existencia. Pareciera subyacer en lo anterior el eco de la sentencia ‘nietzscheana’ «lo que no te mata te hace más fuerte». Así las obras de Escalona, diversas como siempre, puesto que es un autor que ha articulado su universo a través de la escultura, el dibujo, la instalación, el ambiente, la escritura o el vídeo, nos proponen una experiencia sobre el abismo en la que el dolor, la herida, el cuerpo (fragmentado), la discapacidad, la superación, la culpa, la memoria y el sacrificio –siempre el sacrificio, fundamental en él- son conceptos protagónicos.

Aspecto de parte de la exposición de David Escalona. Fotografía de Manu Meik
Aspecto de parte de la exposición. Fotografía: Manu Meik

El artista malagueño ha creado una exposición mínima, con un número reducido de piezas, pero mantiene el sentido escenográfico e instalativo que siempre ha acompañado a sus obras, que podrían definirse como «instalaciones ambientales». Esos ambientes han generado sistemáticamente atmósferas en las que afloran sentimientos y sensaciones. Escalona lo ha vuelto a hacer, ya que el conjunto nos suspende, provoca el silencio y corta el aliento gracias a la gran intensidad dramática que atesora. Sus dibujos, en los que pone tierra de por medio con los anteriores, son un buen ejemplo de ello. En aquéllos, el artista creaba una suerte de «paisajes fisiológicos», cuajados de formas abstractas y elementos del organismo animal (capilares, células, fibras de músculos, fluidos, etc.), en los que jugaba con la ambigüedad al sugerir otras realidades e hibridaciones entre reinos (animal y mineral, animal y vegetal, etc.). A diferencia de los anteriores, Escalona se centra ahora en la figura humana, despojando al dibujo del color y del exceso de elementos que poblaban atomizados toda la superficie, de modo que ganan en precisión y emoción; emotivos lo son, tanto como perturbadores y desasosegantes debido a lo que representan: el trauma, el dolor, la muerte, la herida, por lo general en el cuerpo de un niño que aparece vendado –la venda es otra de sus imágenes recurrentes y auto-referenciales, metaforizada, en ocasiones, en el capullo de seda que envuelve la polilla en metamorfosis, como aquello que late bajo un vendaje-. No obstante, en este bloque de 80 dibujos, directos y cálidos gracias a los materiales y en convergencia con la labor dibujística de Kiki Smith, que nos envuelve e introduce en esos estados comentados, Escalona escenifica parte de su recurrente mundo metafórico que alude al ciclo de la vida, a la regeneración y a la dialéctica muerte-vida. Pero, quizá como algo novedoso en su trayectoria, el artista malagueño introduce escenas explícitas de muerte, tortura y ajusticiamiento, que, aunque no dejan de ser enunciaciones del sacrificio, escenifican la violencia y la entrega. Si las polillas siguen apareciendo como metáfora de esa regeneración –algún dibujo es una cita literal a sus vídeos de ‘Con olor a sangre en la nariz’ (2011)-, además de constituirse como metáfora de su mano herida, ahora son las golondrinas quienes hacen acto de presencia con un sentido similar: éstas aludirían a lo cíclico, a la llegada de una metafórica primavera que sucede al oscuro invierno.

Dibujo David Escalona.

Dibujo de David Escalona

escalona

Son dolorosamente deliciosos los dibujos en los que golondrinas revolotean sobre una cama de hospital con un profundo agujero negro sobre el colchón, el mismo insondable pozo en el que un niño introducirá su mano y que será el origen del trauma y de su relato autobiográfico, cada vez menos atormentado; o en los que las aves se hallan prendidas entre el vendaje de la mano mutilada o cantando sobre un hilo tenso proveniente de esa mano herida. Ese dolor acumulado al que cuesta ser refractario, merced a esa presencia del pájaro, parece arrojar algo de luz y esperanza. En rigor, la golondrina y el nido, que también aparecen en algunos dibujos, especialmente en relación a escenas de sacrificio y muerte, han sido usados con anterioridad por el artista. En el caso del nido, Escalona vuelve a jugar con los deslizamientos y la ambigüedad, pues siempre hizo los nidos con morfología de coronas de espinas, por lo que condensan esa dialéctica de la vida y muerte, tanto como la idea del sacrificio como origen de una nueva vida, de un nuevo estado, de una entrega en pos de una promesa o un nuevo comienzo.
Esta nueva entrega evidencia que, además de un creador de ambientes y atmósferas, Escalona es un extraordinario generador de metáforas e imágenes de una intensidad apabullante que sintetizan tragedia y dolor con lirismo y esperanza. Generalmente, el artista busca deslizamientos en la cadena de imágenes o significantes, de modo que hace brotar la ambigüedad o la ambivalencia. Es el caso del paracaídas que descansa sobre la cama de la instalación principal, como también lo hace el pájaro muerto. El paracaídas sugiere la forma de una jaula, pero, no obstante, las analogías se establecen con el pájaro mediante la capacidad de volar y sobrevolar. En uno de sus dibujos, un paracaidista, que parece resistir en pleno vuelo el soplo de un ser superior, se asimila a una pompa de jabón, símbolo de la fragilidad, la futilidad y la fugacidad de la vida. La cama parece hacer las veces de altar y el animal surge como una ofrenda, como una víctima propiciatoria. La canana, que incorpora el componente familiar y autobiográfico pues pertenece a su padre, es otro ejemplo de esa cadena de deslizamientos: junto a los cartuchos aparecen alojados esculturas de dedos. Los mismos dedos que aparecen vendados en algunos dibujos y que reposan, nuevamente como una ofrenda, en un plato situado entre la canana y una vara con un pañuelo prendido que simboliza el complejo de culpa. Dedos como los que le faltan a las portentosas manos de un crucificado –símbolo por antonomasia del sacrificio y la redención- y que se encuentran doradas, como las patas del pájaro que descansa en la cama/altar, allí donde los apéndices quedaron cercenados. Como intuyen, todos los elementos establecen lazos entre sí, de manera que construyen el posible sentido de un relato que, por otra parte, no es unívoco ni excluyente.

Obra David Escalona. Fotografía de Manu Meik
Fotografía: Manu Meik

Tres aspectos me parecen sumamente importantes del proceder y el mundo de Escalona. En primer lugar, las manos del crucificado, que podrían recibir la etiqueta artística «encontradas», nos pone ante la capacidad del artista no sólo para encontrar y proyectarse en elementos cotidianos que se resignifican a veces con una simple intervención de él, sino una suerte de proverbial atracción para que estos bienes, paisajes y otros elementos, que atesoran en muchos casos historias azarosas, le ‘salgan a su encuentro’ como en una especie de episodio de azar objetivo. En este sentido, Escalona no es sólo un generador de imágenes, también, como demuestra en sus vídeos o en estas portentosas manos, es un recolector de ellas. Por otro lado, el artista, sin ser un fin preponderante frente a otros, enuncia continuamente una poética del cuerpo, pero de éste en su consideración de cuerpo fragmentado y herido, a veces un cuerpo que abre las puertas a la aceptación de la ‘otredad’, o cuanto menos de la alteridad. Y, por último, otro de los rasgos de su universo: la sutil pero continua presencia de lo popular, que acapararía otras descripciones como lo idiosincrático o lo profundo. La canana actúa ahora como referente de ese mundo, pero en otras ocasiones han sido los cedazos con los que se protegen las ventanas para que no entren mosquitos, los tradicionales limones con clavos de olor para proteger las casas de éstos, la matanza y sacrificio de animales o tradiciones como la quema del Judas en algunos pueblos de la Serranía de Ronda, de donde procede su familia. Esta mirada al entorno y esta revisitación de sus vivencias nos alertan sobre el modo de incorporar lo popular, lo habitualmente despreciado, a un contexto de referencias complejas formuladas de un modo exquisito.

expo David Escalona. Fotografía de Manu Meik
Fotografía: Manu Meik

En relación a los poemas de Chantal Maillard, que podemos escuchar en su pausada voz con un ‘vibrato’ que amenaza con extinguirse, hemos de considerarlos, a pesar de cierto hermetismo, piezas fundamentales para la comprensión no sólo de algunas obras, sino del conjunto expositivo. Algunos de ellos son auténticos retratos del artista y tal vez de la propia poeta (el primer poema que tiene al pájaro como protagonista); otros parecen rememorar el acontecimiento del que parte el trauma y el universo de Escalona –la alusión al metal que se clava acaba por traspasarnos.

Junto a la innegable carga catártica o ‘sanadora’ que posee la obra de Escalona, el que esto escribe siente, como si se tratase de una especie de revelación, que ahora se configura también en una ofrenda, una emocionante y sentida ofrenda. No sólo ésta, sino toda su obra: un ofrecerse a través del arte para disipar el trauma, sobreponerse y vencer al destino, así como liberarse y liberar de todas las cargas y culpas.

2 comentarios sobre “David Escalona/Chantal Maillard. Ofrendas

  1. excelente re-interpretación del universo poético de esta pareja artístico–imagen-voz. No dejo de inconscientemente llorar ante tanta belleza.
    Excelente análisis y esperados comentarios,
    FELICITACIONES

    1. Querida Pilar, muchas gracias por tu generoso comentario. Resulta muy difícil no empatizar ya no con el mundo que nos proponen ambos, artista y poeta, sino con las motivaciones y sentido que intuimos o adivinamos -qué más da, como ofrenda, se nos ofrece para que nos proyectamos en él-. Comparto contigo la observación acerca de la belleza: ésa es una de las paradojas o dialécticas del trabajo de Escalona: aferrarse a la belleza, a lo exquisito, a lo confortable de las formas y las calidades matéricas, pero nunca esa belleza llegará a ser narcotizante ni ensimismadora, ya que posee un envés grave y doloroso que nos compromete o suspende.

      La voz frágil pero certera de Maillard ayuda a que el pellizco sea aún más fuerte.

      Recibe un fuerte abrazo,

      Juan Francisco

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