Celia Macías. Filosofía de vida.

Filosofía de vida
Versión ampliada de la crítica publicada en diario SUR (05/07/2014)

La fotografía directa y sin artificios de Celia Macías evidencia un «sentido de la pertenencia» con su entorno y arroja una poética de lo sencillo, de lo auténtico, de una cierta ‘alegría de vivir’ basada en la plenitud de lo cotidiano

Celia Macías. ‘Sin maquillaje’
La exposición: 9 fotografías a color, 2 de ellas montadas en pareja al modo de díptico para maximizar los puntos de vista de la fotógrafa y recrear la disposición original de lo representado a ras de suelo; una fotografía transferida a lona que ocupa de suelo a techo uno de los testeros del espacio expositivo, lo que permite ‘introducirnos’ en el paisaje; y un conjunto de 323 fotografías de pequeñas dimensiones, algunas de ellas instantáneas como ‘polaroids’, que ocupan una gran vitrina en la planta baja de la galería y que representan momentos, espacios, ritos colectivos y vivencias de la artista. Comisario: Fer Francés. Lugar: Galería JM. Duquesa de Parcent, 12, Málaga. Fecha: hasta el 13 de septiembre. Horario: lunes a viernes, de 11.00 a 14.00 h. y de 17.30 a 20.30 h.; sábados, de 11.00 a 14.00 h. (en agosto con previa cita).

No sabría definir con exactitud si es plenitud o es felicidad lo que transmiten las fotografías de Celia Macías (Sevilla, 1977). En cualquier caso, ambas pueden actuar como sinónimos o intercambiarse en la cadena causa-efecto: a la felicidad llegamos por la plenitud o viceversa. Estas sensaciones se originan a pesar de que muchas de sus imágenes nos sitúan ante escenarios aparentemente dominados por la precariedad, lo vetusto o incluso son visiones del rito de la muerte en Andalucía. No obstante, son más las que hablan de la intensidad de algunos momentos, como los patios –verdaderos vergeles- repletos de vida que se sitúan frente a candelas ‘regeneradoras’, espacios de encuentro, rito y descubrimiento o cierta concordia entre generaciones y el Hombre y su medio. Todas ellas participan del entorno rural en el que vive Macías tanto como de su propia biografía, pero, por encima de esos escenarios, el conjunto de imágenes nos enfrenta a la humildad y la sencillez de un modo de vida.

Celia Macías. 'Palo bueno y palo malo'

Las fotografías de la artista sevillana son directas y sin artificios, o lo que es lo mismo, honestas. De ahí el título de la exposición. Su mirada arroja una poética de lo sencillo, de lo auténtico, de una cierta ‘alegría de vivir’ basada no precisamente en lo que vulgarmente se entiende por «lujo», sino en la plenitud de lo cotidiano. Es, quizás, un canto a la sabiduría popular, a una filosofía de vida basada en la capacidad para que las pequeñas cosas devengan plenas. Asimismo, esa fotografía nos habla de un inequívoco «sentido de pertenencia» con el entorno, con su marco vital. Ese vínculo con lo que la rodea, que es tomado de manera cristalina sin ningún tipo de enjuiciamiento, está marcado por cierto orgullo, lo cual no ha de ser entendido como soberbia, pretenciosidad u otras analogías menores y más anecdóticas como el ombliguismo.
Su fotografía atesora lo que el creador y teórico Manuel Falces llama ‘personal record’, esto es, una implicación o registro personal que hace que aflore esa cercanía y autenticidad. En este sentido, Macías no cumple la máxima del «artista etnógrafo», figura que debemos a Hal Foster; esto es, la de ir de tema en tema, lo que transferiría a su trabajo una visión de lejanía, de encuentro con lo que no le es propio. Macías siempre trabaja con su entorno. Su mirada, sin necesidad de caer en exageraciones, tiene la capacidad de transmitirnos familiaridad con lo que fotografía, que es tanto como decir que no hay una distancia ni una frialdad, por más que su código pudiera ajustarse en según qué caso al documentalismo e incluso al foto-reporterismo, etiquetas éstas, por otro lado, que vendrían a reducir y empobrecer la consideración de su trabajo.

Celia Macías. 'Ponte en mis zapatos' (fragmento de la vitrina con 323 fotografías)

En la planta baja de la galería se ha instalado un vitrina que alberga 323 fotografías, muchas de ellas instantáneas que se asimilan a las archiconocidas ‘polaroids’. Este mosaico de momentos y vivencias de la artista parece una alegoría de los tiempos en que vivimos: tiempos de ‘extimidad’ auspiciada por las redes sociales que evidencia nuestra consideración acerca de lo público y de lo privado; nuestra voraz ansia por capturar todo, desde lo más banal a lo más trascendente; así como la incontinencia por hacerlo público. La vitrina no sólo es testigo de la vida, relaciones y ‘geografías’ de la artista, sino que ilustra meridianamente cómo la fotografía es para Celia Macías casi que una necesidad, una manera de comunicarse con el entorno. De tal manera que podríamos decir que fotografía como respira. Henri Cartier-Bresson comparaba en una entrevista a Pierre Assouline la práctica fotográfica, al menos la suya, con la del cazador dispuesto a derribar una pieza de un disparo, la del cazador en busca del instante decisivo. El fotógrafo francés decía: «Soy como ese cazador al que le apasiona derribar una pieza, pero no la comería. A mí me ocurre lo mismo; sólo me importa disparar. El problema es encontrar el momento oportuno, el instante». Si aceptamos esa definición, Macías tiene la capacidad de multiplicar instantes decisivos, de ser una cazadora que apenas requiere concentración, preparación ni disponer de un tiempo para meditar la imagen. Ella parece simplemente mirar, disparar y cobrarse la pieza sin errar el disparo. Es una virtud, indudablemente, cuestión de intuición o, si me apuran, de olfato, de estar en el momento y saber encontrar entre todo lo que le rodea aquello que, aunque sea por su simpleza o sencillez, puede convertirse en trascendente, simbólico o alegórico. Son paradigmáticas de esto las dos fotografías que nos dan la bienvenida en la galería, en las que toma la cotidianeidad de un hogar en el que se sobresale la presencia de un gallo que parece actuar como mascota. La aparente espontaneidad del disparo y la modestia de la escenografía (el humilde hogar de un vecino) no restan nobleza ni encanto a imágenes que parecen adquirir tanto un código de representación pictórico, especialmente la imagen que parece un ‘bodegón’, como un sabio enfoque frontal que juega con el ‘fuera de campo’.

Celia Macías. 'Detrás de casa'

Celia Macías. 'Coco'

Quizá pareciese categórico señalar que Macías es una fotógrafa de cierta noción –e indudable realidad- de ‘lo andaluz’. Pero no usen esto como etiqueta que reduzca lecturas de su obra. En su fotografía se transmite una filosofía de vida, callada pero plena, no hay espacio para el dato o el documento pero sí para el alma. O dicho de otra manera, su fotografía no está animada por el ansia de recoger un indicio en el que apoyar una hipótesis, como cabría esperar de un fotógrafo antropológico o etnográfico.
No debemos obviar la intermediación del comisario, fundamental tanto en el montaje -la vitrina, el emparejamiento de piezas o la lona que sobredimensiona lo cotidiano son aciertos- como en el enriquecimiento interpretativo del trabajo de Macías. Tanto es así que Fer Francés ha sabido depurar su fotografía situándonos ante una posible definición de ella que no viniese a reducir ni excluir cierta amplitud de registros y de ‘sentires’. O dicho de otro modo, evitar una propuesta de filiación demasiado evidente y rotunda. Un ejemplo de ese ejercicio de equilibrio lo encontramos en el apabullante mosaico de imágenes vivenciales que ocupa la vitrina, que se enfrenta a tres entradas o alzados de viviendas populares que no sólo responden, en sentido ‘becheriano’, a una indagación pseudocientífica en una tipología, y que, por tanto, aportan claves documentales a su obra, sino que alude a esa sencillez y precariedad que ya hemos advertido como propias de una poética. Pero, del mismo modo, entre las cientos de imágenes encontramos alguna ‘captura’ cercana a las que en formato grande y mediano vemos en el resto de la exposición. Esto evidencia el trabajo de selección del comisario, que ha ido encaminado a, por encima de ese aspecto vivencial y anclado en la autobiografía, señalar cierta filiación con una mirada próxima a lo documental y a lo antropológico. O la imagen transferida a la gigantesca lona en cuyo paisaje parecemos introducirnos, un ejercicio en el que se sobredimensiona lo aparentemente anecdótico hasta acercarlo a la condición de símbolo. Ello lo podemos apreciar en esta imagen: en un entorno marginal y rayano en lo desarraigado, un mueble funcional y de serie –ya saben, estética Ikea- aparece reconvertido, merced al ingenio, en un criadero de gallinas que toma sin ningún prejuicio el margen del río Guadiamar, que en su día sufrió el vertido de Aznalcóllar.
Por último, la intermediación de la figura del comisario posibilita que emerja esta visión inequívoca de lo andaluz –una de las muchas que existen, no pretendemos reducir-, una visión más anclada en un modo de vida que en una identidad, aunque ese modo de vida no deja de ser idiosincrático. Quizás sin esa intermediación curatorial, marcada por la falta de prejuicios y complejos, la artista siempre hubiera optado por otros trabajos que manifestaran en menor medida ese vínculo vernáculo o con otras de las muchas miradas que configuran si fotografía.

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