‘Ante el dolor’. Yan Pei-Ming

Ante el dolor

Crítica publicada en el diario SUR el 18 de abril de de 2015

Yan Pei-Ming construye un retrato esencial del ser humano en función a asuntos insustituibles como la violencia, la guerra, el dolor, la muerte, la religión o la Historia del Arte. Lo bélico y sus efectos alcanzan aquí condición de herida

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Yan Pei-Ming. ‘No comment’ 

La exposición: 26 obras de gran formato a excepción de un políptico de pequeños autorretratos, otro de aviones de caza y media docena de obras sobre papel. Salvo estas últimas (acuarela sobre papel), todas son óleo sobre lienzo. En paralelo a la exposición, uno de sus retratos de papas se expone en la catedral de Málaga. Este conjunto repasa la última década de trabajo del artista francés de origen chino. Comisario: Fernando Francés. Lugar: CAC Málaga. Alemania s/n., Málaga. Fecha: hasta el 14 de junio. Horario: de martes a domingo, de 10 a 20 h.

El silencio y la conmoción pueden nacer ante la pintura de carácter bélico de Yan Pei-Ming (Shangai, 1960), justamente la que mayor presencia tiene en esta muestra. Tal vez, debido a ello surge el título de la exposición: ‘No comment’. Quizás una pérdida del habla ante el dolor de los demás, expresado de manera sobrecogedora en su pintura; puede, también, que poco se pueda añadir ante imágenes que resultan demasiado familiares.

Pei-Ming es el último jalón de varios asuntos a los que el CAC Málaga viene atendiendo, algunos desde el nacimiento de la institución. El centro ha manifestado un interés profundo por los diálogos entre la fotografía y la disciplina pictórica, por cómo la realidad registrada mecánicamente (fotografía o vídeo) se redimensiona al trasladarse al lienzo, baste recordar las exposiciones de Gerhard Richter, Sasnal, Niederer, Gonzales o Tuymans. Otro asunto es el de la práctica artística que atiende a las problemáticas sociales y a los muy distintos conflictos que sacuden el Mundo, conformándose los artistas como imprescindibles cronistas. Pei-Ming, quien fija su mirada, entre otras cuestiones, en contiendas bélicas, conflictos geopolíticos, morgues y supervivientes y heridos, se incluye en esa línea expositiva en la que participaron artistas como Quinn, Abdul o Kentridge. Y de aquí surge otro espacio de reflexión: el de la posibilidad de una «pintura de Historia». Esto es, la persistencia (aún) de pintores que ante la instantaneidad de los medios de masas (televisión, internet, prensa) que se apoyan, a su vez, en medios técnicos a los que se les otorga una condición de garantes de la verdad, como el vídeo o la fotografía –como si éstos no se manipularan–, siguen creyendo que la pintura es un medio capacitado y poderoso para dejar testimonio.

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Quizás se trate de algo que enlaza forzosamente con la propia naturaleza de la pintura. Y no sólo con ésta, también con nuestra contemporaneidad, con nuestra anestesia o inmunización, ya sea como consciente autodefensa o como producto de la saturación, ante las crudas imágenes y noticias en torno a esos conflictos que salpican el Mundo de sangre, abyección y oprobio. Lo plástico connota la imagen, le aplica un plus semántico y puede acentuar el ‘punctum’, la herida, aquello que punza. Ahí están las pinturas de Pei-Ming. En ‘Ante el dolor de los demás’, Susan Sontag señala que «ser espectador de las calamidades que tienen lugar en otro país es una experiencia intrínseca de la modernidad», a la que accedemos a través del periodismo. Y añade: «Las guerras son ahora también las vistas y sonidos de las salas de estar», lo que nos recuerda la premonitoria serie de fotomontajes de Martha Rosler ‘House Beautiful. Bringing the War Home’ (‘Casa bonita. Traer la guerra a casa’), realizada entre 1967 y 1972. Sontag expone cómo muchos autores han defendido que el uso de imágenes del horror de la guerra podría actuar como catarsis y como prevención. No sólo funcionarían como condena o repulsa, sino que, siguiendo a Virgina Woolf, no condolerse, retraerse y afanarse en abolir tal estrago condenaría al hombre a una condición de «monstruo moral».

La economía cromática que emplea el artista y que convierte casi todas sus obras en monocromas, agudiza el expresionismo y eleva el dramatismo de muchas de ellas. Precisamente, Louis Aragon se refirió a los ácidos fotomontajes anti-nazis que John Heartfield publicó en los años treinta en la revista ‘AIZ’, realizados –cómo no- en blanco y negro, como «un cuchillo que entra en todos los corazones». Pei-Ming afila el ‘cuchillo’ al intensificar con sus tratamientos pictóricos imágenes pre-existentes, reforzando el dramatismo de lo que representan. Un ejemplo evidente lo tenemos justo en la primera obra que vemos, la versión de ‘Los fusilamientos del tres de mayo’ de Goya (1814). Pei-Ming ‘centra el foco’ en el fusilamiento, en el batallón y en los personajes ajusticiados, obviando otros en pos de ganar intensidad; asimismo elimina factores ambientales como el paisaje que aparece en el original ‘goyesco’. La cara del personaje central que levanta los brazos adquiere un dramatismo inconmensurable. El blanco de su camisa y de sus ojos sobresale y queda contrastado respecto al rojo que se apodera de toda la superficie. He aquí cómo la ‘maniera’ de Pei-Ming resulta semántica, ya que acentúa los aspectos más punzantes y dramáticos. No basta con el rojo que aludiría a la sangre derramada. En algunas partes de la superficie la materia pictórica roja chorrea, cae resbalando hasta ‘regar’ la tierra, como la sangre de aquellos inocentes.

Sorprende lo matérico y rotundo de la aplicación del color en muchas zonas, acompañado de chorreones y ‘dripping’ que anuncian un gesto o una acción violenta por parte del artista, y, en cambio, el trabajo esmerado en los rostros y en pormenores a los que nos vemos impelidos a mirar. Son, por tanto, dos niveles de comunicación. Por un lado, el de las expresiones de muchos de esos personajes, como el llanto implorante del niño asolado por la guerra, el gesto desencajado del que ve próximo su fin, la mirada perdida y la indefensión de dos niños libaneses heridos, la serenidad de la muerte reflejada en los rostros que se hallan en una morgue, el ‘rigor mortis’ y la desesperación grabada en la cara de una víctima sin identificar que parece encontrarse abrasada, la plenitud y paz que transmite con los gestos faciales el artista en un autorretrato suspendido, elevándose en un momento de paz interior o sublimación –quizás lo que en el Zen es el ‘satori’-. Por otro lado, el otro nivel es el de la expresión del gesto y la materia, no menos intensa, violenta y –por qué no- atormentada.

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La pintura de Pei-Ming pudiera entenderse como «pintura de Historia». No obstante, siéndola, también excede esta definición. El artista no refleja tanto acontecimientos concretos como una suerte de constante: la guerra, la cual siempre nos ha acompañado. Aquí están ‘Los fusilamientos’ ‘goyescos’ junto a tanques, aviones caza y baterías anti-aéreas que ocupan calles y que son escenas actuales. A veces se puede intuir de qué conflictos proceden esas imágenes o puede aparecer algún dato aislado, pero generalmente Pei-Ming elude especificarlo, pues poco importa. Sin embargo, el rostro de la muerte siempre es el mismo.

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*Fotografias: las tres primeras cortesía del CAC Málaga y la última del diario SUR.

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