‘Documentos hedonistas’. Días de verano. De Sorolla a Hopper

Documentos hedonistas

Crítica publicada en diario SUR el 7 de junio de 2015

Esta exposición, que en sí misma es un canto al hedonismo, aborda a través de la pintura el redescubrimiento de la playa como lugar de esparcimiento y ocio a partir de la mediación del siglo XIX. Un espacio, entonces, para la reparación

‘Días de verano. De Sorolla a Hopper’

La exposición: 59 obras, mayoritariamente óleos sobre lienzo fechados entre 1869 y 1944, que han sido ordenados en 5 secciones. En el Salón Noble del Palacio de Villalón se exponen 26 fotografías tomadas entre finales del siglo XIX y en el primer tercio del siglo XX –algunas de Málaga-, 2 trajes de baño y 2 vestidos de playa realizados en las primeras décadas del XX que sirven, como las imágenes, para testimoniar las nuevas costumbres de ocio en la playa, así como la moda que nace para este menester. Comisaria: Lourdes Moreno. Lugar: Museo Carmen Thyssen Málaga. Plaza Carmen Thyssen, Málaga. Fecha: hasta el 6 de septiembre. Horario: de martes a domingo, de 10.00 a 20.00 h.

Visitar ‘Días de verano’ puede ser entendido como un ejercicio de hedonismo, no sólo por el propio placer de enfrentarse a un buen número de pinturas que se apoyan en lo sensual y sugestivo, sino por la propia temática a la que se consagra: la playa y el redescubrimiento del mar como lugar de esparcimiento, sobre los que se asentaría parte del ocio moderno y de una serie de derechos -hoy irrenunciables- que se fueron imponiendo progresivamente, como las vacaciones de verano. Un buen número de obras poseen la facultad de ‘trasladarnos’, de comunicar algunas de las sensaciones que se perciben en la orilla: la paz, la luz límpida, puede que hiriente en ocasiones, y, sobre todo, la comunión y armonía con el medio, con la Naturaleza ‘recobrada’. Placer, hedonismo al fin y al cabo. De hecho, podríamos apropiarnos de los títulos de dos obras de Matisse, ‘Lujo, calma y voluptuosidad’ (1904) y ‘La alegría de vivir’ (1905), consagradas precisamente a la temática de bañistas, para referirnos a esas sensaciones nacientes. Subyace aquí, también por lo que se representa, una defensa de la pintura como placer, como material sensual y sensible, aspecto, como ‘lo decorativo’, sobre los que siempre recae la espuria sospecha de una menor categoría artística, de una inferior pertinencia en el escenario de las artes de los siglos XX y XXI. Pareciera que lo amable, aunque sea reflejo de la vida –e incluso documento-, ha de ser puesto en cuarentena.

No es el cometido de esta exposición, por tanto, usar el ámbito del mar en su vertiente más dura e ingrata, como espacio de denuncia y crítica social. Tampoco cabe atender a la redimensión que sufrió la playa en el surrealismo, convertida en metafórico espacio de lo originario y de algunas pulsiones humanas que simbolizaban la fauna de ese espacio liminar entre lo terrestre y lo marítimo –piensen en Tanguy, Dalí o Picasso, quien situó en Cannes y Dinard (finales de los veinte) a sus monstruosas y metamórficas bañistas-. Aunque ese redescubrimiento de la playa y de sus beneficios (ocio y salud) comienza a cimentarse en la mediación del siglo XIX –la obra de Boudin expuesta actúa a modo de origen-, la playa no deja de ser un lugar inhóspito aún en el cambio de siglo. El mar sirvió en el Romanticismo para expresar nuestra finitud ante el poder y magnitud de la Naturaleza; había jugado también a ser tétrica metáfora de la Laguna Estigia: cuán diferente es el sentido del mar ante el que Picasso situaba familias famélicas en su época azul y el de sus estancias en Biarritz o en Antibes.

homerWinslow Homer. ‘Escena de playa’ (h. 1869). Col. Carmen Thyssen

De este modo, esta exposición es una oportunidad para descubrirnos como sociedad, en el origen de la adquisición de hábitos y derechos desde finales del siglo XIX que actualmente parecen definirnos. Otra virtud de la muestra es que hace visible cómo la huida de la claustrofóbica ciudad, de la asfixiante Metrópolis, no tenía que pasar forzosamente por el abandono de la misma. La playa, en algunos casos, un margen de la ciudad, permitía el reencuentro con lo originario y propiciaba la reparación y la comunión con lo natural, de modo que pudieran restañarse las heridas del día a día. Adquiere, así, una condición cercana a la del Paraíso perdido -al fin- recobrado. Aquí se sitúa la temática arcádica de bañistas, que cruzó el cambio de siglo y a la que certeramente, aunque sea testimonial, atiende la exposición. Las obras de Cézanne e Iturrino, en las que encontramos diálogos con la Historia del Arte (Antigüedad y el clasicismo), sirven para exponer cómo la pureza formal se alía con cierto primitivismo que conduce a la autenticidad, a la esencia o a la reparación.

Walt KhunWalt Kuhn. ‘Bañistas’ (1915). Col. Carmen Thyssen

La pintura evidencia aquí su capacidad para convertirse en testimonio de los cambios sociales, en paralelo al desarrollo de la fotografía. Percibiremos en las obras expuestas la evolución de lo anecdótico del baño y de la ocupación de la orilla a la aceptación, como uso y costumbre –la democratización-, del disfrute de la playa y el baño. Casualmente, ese nuevo escenario emergió casi en paralelo a la pintura impresionista. El borde del mar parece un ámbito propicio para ella merced a los factores atmosféricos que condicionan la realidad: la bruma que descompone la luz, los reflejos lumínicos en el mar o los matices cromáticos del agua hacen de la playa un espacio sujeto a la fluctuación, a lo cambiante y fugaz que persiguieron los pintores impresionistas. Un aspecto que llama poderosamente la atención es el lumínico: nos hallamos entre lo plomizo de paisajes situados al norte de Europa y la cegadora luz de las playas mediterráneas. Ahí sobresalen los artistas del luminismo valenciano, como Sorolla y especialmente Pla, con alguna obra como ‘Mujer y niño’ que, en su valoración de los espacios a tinta plana (sin gradaciones cromáticas debido a la contrastada luz), parece frisar ‘lo abstracto’, el «campo de color». Fabulosas son las dos obras de Meifrèn, en las que la luz se apodera de todo, casi que unificando cielo, mar y arena en una especie de fogonazo. La obra de Homer resulta fascinante y encantadora por su simpleza y sencillez, jugando con los reflejos de un grupo de niños en la orilla mojada. Las obras de Prendergast y Kuhn, además de evidenciar cómo el disfrute de la playa roza ya la condición de fenómeno de masas en las primeras décadas del XX, han de ser valoradas por lo formal; la primera por esos ‘pasos de color’ (‘passages’), algo arcaicos pero intensos, mientras que la segunda por su impactante síntesis (figuras perfiladas al modo ‘cloisonné’, tinta plana, fiereza cromática, reducción geométrica). Las obras de Guiard y Losada (escenas de remo y traineras) introducen la fuerte componente identitaria de la pintura vasca de inicios del XX, atenta a las costumbres y al paisajismo. Cierra el recorrido una escena de navegación de Hopper, prodigiosa en la intensidad de los colores y en las matizaciones lumínicas.Walt Kuhn. ‘Bañistas (1915).

Por último, ‘La Caleta. Málaga’ (1910) de Sorolla, permitiría situar con nombres y apellidos esa experiencia naciente del veraneo en Málaga en las primeras décadas del siglo pasado. Las playas y los hotelitos de La Caleta, como el Caleta Palace, eran frecuentados por los García Lorca, el rondeño Joaquín Peinado o Rafael Alberti, a los que añadiríamos los ‘locales’ Prados y Altolaguirre. Años más tarde nace ‘Litoral’ y sus páginas se llenan de mares, playas y marineros.

hopperEdward Hopper. ‘El Martha McKeen de Wellfleet’ (1944). Col. Carmen Thyssen

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