Javi Calleja. ‘Ida y vuelta’

Ida y vuelta

Crítica publicada en diario SUR el 27 de junio de 2015

 

Javier Calleja, acostumbrado a llevar a la pintura hasta sus límites, hace que ésta se desborde literalmente en una exposición que es un continuo viaje por los cambios de escala y condición de las obras

Javier Calleja. ‘Broken White’

La exposición: una veintena de obras, principalmente dibujo (grafito sobre papel) y pintura (acrílico sobre lienzo). Muchas de estas pinturas son propiamente esculturas al estar intervenidas y objetualizadas, a veces con la suma de algún elemento tridimensional, como réplicas gigantes de chinchetas o lápices. No debemos obviar el carácter instalativo y ambiental de muchas de ellas, ya que el artista expande algunas en el espacio al pintar en las paredes. Junto a ellas, hay una serie de pequeñas y monumentales esculturas. Lugar: Galería Yusto/Giner. Madera, 9, Marbella, Málaga. Fecha: hasta el 10 de septiembre. Horario: lunes a viernes, de 10.00 a 14.00 h., y de 17.00 a 20.00 h.; sábados, de 11.00 a 14.00 h.

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En alguna ocasión me he referido a las exposiciones de Javier Calleja (Málaga, 1971) como una suerte de ‘viaje gulliveriano’, ya que parecemos ser el personaje de la novela de Jonathan Swift, expuesto a sentirse pequeño y grande. En ‘Broken White’, Calleja ha acentuado esa sensación, esa fluctuación que prácticamente no ocurría desde su primera exposición en la Galería Alfredo Viñas y anteriormente en su individual en el CAC Málaga. Esto ocurre ahora porque sitúa en el mismo espacio expositivo piezas minúsculas de elementos reconocibles, ante las cuales crecemos, en diálogo con piezas de objetos que superan su escala, que hacen empequeñecernos. Así, ir de una obra a otra supone una experiencia propiamente fenomenológico-perceptiva, en la que nuestro cuerpo, como medida de referencia, pasa a estar presto a un continuo cambio. Recorrer la exposición es cruzar continuamente un metafórico umbral, como le ocurre a la Alicia de Lewis Carroll al beber la pócima que la hace encoger, comer el pastel que le hace pasar de apenas unos centímetros a varios metros de altura o abanicarse hasta hacerla empequeñecer de nuevo y casi zozobrar en su llanto, que, merced a ese cambio de tamaño, se convierte en un literal mar de lágrimas. Cada obra de Calleja parece actuar entonces como pócima, tarta o abanico.

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Pero ahora el viaje no sólo es ‘gulliveriano’, no sólo es una continua fluctuación de escalas y tamaños que nos hacen sentir diminutos para, a continuación y sin solución de continuidad, sentirnos enormes. El paseo por la exposición es también un viaje en el tiempo, más concretamente un viaje de ida y vuelta. Ante algunas monumentales pinturas rotas, que en  algún caso derraman su materia por la pared, y ante otras más pequeñas, podemos rememorar sus exposiciones de hace una década (en la granadina Condes de Gabia y en la malagueña Sala Moreno Villa). Aquellas pinturas, citas a la obra de grandes maestros de la abstracción y la abstracción post-pictórica –un modo de hacerlas suyas en una especie de apropiacionismo burlón- aparecen hoy reformuladas, ampliadas, rotas y despiezadas. Pero esas antiguas pinturas, en rigor, nunca han dejado de estar presentes en la obra de Calleja, sólo que se transformaron en las piezas y cubos en miniatura, con vistosos colores, que muchas veces servían como pedestales a sus minúsculos seres o que incluso hacían las veces de sus cabezas. A la luz de esto, vemos cómo el artista malagueño no sólo ha jugado a realizar cambios de tamaño, también ha procurado desde el principio de su carrera transformar la pintura en objeto, metamorfosearla en escultura. Antes fue en forma de esos pequeños cubos, ahora son estas pinturas monumentales que al cortarse y componerse como bajorrelieves, sin  dejar de ser obra pictórica, devienen también objeto escultórico. No en vano, Calleja nunca ha dejado de forzar la pintura, de llevarla hasta sus confines. ‘Broken White’ es un nuevo ejemplo de cómo el artista, al hacerla desembocar en lo escultórico, lo instalativo y lo ambiental, se convierte en exponente de la «pintura expandida»: expandida espacialmente y expandida en sus posibilidades.

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Esta estrategia, en ningún caso inconsistente ni frugal, sino todo lo contrario, está envuelta del humor y la ironía; esto es, de la sonrisa o la carcajada que muchas veces la encubre. Resulta irónico ver cómo los cuadros se parten y por esa fractura se escapa la materia pictórica que chorrea por las paredes. Aparentemente un recurso efectista y atractivo, un guiño lúdico, pero brotan –nunca mejor dicho- cuestiones más gruesas: la devolución, en otra ida y vuelta, de la pintura como ‘solidificación’ de una materia a su previo estado líquido. Pero hay más: un aviso precisamente de eso, de todo lo que condensa lo contenido en unos límites físicos de la pintura, del desconocimiento y desbordamiento de todo lo encerrado.

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Hay en esta ocasión otro viaje de ida y vuelta: el que se produce entre la imagen y el objeto. Para ello debemos atender al Javier Calleja que campa por Instagram, todo un fenómeno que ha hecho que algunas de sus imágenes frisen la consideración de virales. En esta red social, Calleja crea obras que fotografía para después compartirlas. La obra es por lo general eventual, ya que emplea el dibujo –que perdurará- junto a objetos que sirvan como paralaje, es decir, que ayudan a precisar, causando sorpresa, el tamaño de lo dibujado. La imagen digital, intangible, vista a través del interfaz del teléfono móvil, pasa  a convertirse en la obra. Calleja recupera ahora algunos de sus ‘hits’, de las imágenes que en esta red social han obtenido la justa consideración de iconos. Con esto, el artista realiza un camino de vuelta: de la imagen que quedó del objeto, que es lo que pervive, nace ahora una aproximación a la obra que la originó. Y no sólo eso, sino que aprovecha para volver a jugar con la escala. Es el caso de ‘Finally Together’, una especie de irónica y descarnada declaración de amor, en la que dos monumentales cerillas quemadas de varios metros de altura acercan sus cabezas para acabar «juntos finalmente». Esta obra, como tantas otras, es un ejemplo del lúcido empleo de lo verbal por Calleja, siempre en inglés y con apenas varias palabras –preciso y ajustado, sin derroches-, capaz de connotar las imágenes y objetos revistiéndolos de ironía.

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