David Escalona. ‘Para qué quiero pies’

Incluyo en esta entrada las dos críticas que he realizado para ABC Cultural y para el diario SUR, Volar y alto y brillar y Luz para seguir, sobre la exposición de David Escalona Para qué quiero pies, en el Espacio Iniciarte Málaga (Sala El Palmeral de las Sorpresa, Muelle 2 del Puerto de Málaga).

Volar alto y brillar

Crítica publicada en ABC Cultural (4/07/2015)

DAVID ESCALONA

PARA QUÉ QUIERO PIES

Espacio Iniciarte Málaga. Muelle 2 del Puerto de Málaga. Hasta el 19 de julio

Las exposiciones de David Escalona (Málaga, 1981) son sumamente densas, cuando no apabullantes. No debemos olvidar que es un creador de potentes metáforas y, ante todo, de ambientes y atmósferas en las que quedamos suspendidos. Su universo está cargado de ambivalencias, de imágenes y símbolos que amalgaman diferentes registros y atesoran intrincados significados. Si en ocasiones esa densidad se ha traducido en el espacio, deviniendo opresivo, ahora ha conseguido crear su exposición más depurada y, literal y metafóricamente, más luminosa, sin que ello menoscabe la intensidad que le caracteriza. Asimismo, su mundo, tantas veces volcado a la fragilidad y a la herida ‘enquistada’ como trauma, que lejos de ser enroque estéril suponía la expansión de la noción de lo humano –de nuestra apariencia y de nuestra naturaleza o condición-, da paso al orgullo y superación de esa herida.

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Escalona se ayuda para este fin del diario de Frida Kahlo. Las palabras de la mexicana y un dibujo recogido en un facsímil, en el que se auto-representa con una pierna amputada y alas, resonarán en toda la exposición: los pies, cuando se tiene el coraje de pensar en volar, se convierten en prescindibles. Frida lo dice y Escalona lo asume. Así, tres largos pasamanos con un texto de ella (‘Puntos de apoyo’), en braille dorado, recorren una pared, quizás para guiar, para soportar o para iluminar.

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Insiste el artista, por tanto, en la herida y en su posible consecuencia como discapacidad. Continúa pues con la escenificación del cuerpo-vulnerado y del cuerpo-otro como resultados de la enfermedad o del accidente –o, aceptando su manera de renombrar el mundo, del acontecimiento-. El testero ocupado por espejos deformantes nos devuelve una apariencia distinta: no imaginamos cuán contingentes y vulnerables podemos ser. No obstante, el cuerpo apenas aparece, sólo en el dibujo de Kahlo y en el vídeo de una escultura de Mercurio sin piernas, que es tocada por varias personas en actitud de culto y sanación de esas heridas mientras suena el martillo en el yunque, con ritmo de martinete flamenco que se acelera.

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En una acertada y trascendental decisión, Escalona integra el paisaje en la sala, haciendo que divisemos el puerto. Esto es, el Mediterráneo, marco de cuya tradición cultural se nutre Escalona, como la mitología y las distintas religiones y sus sacrificios aparejados. La presencia de la luz natural es una manera directa de evidenciar lo solar, que se intuye en la sobrecogedora instalación ‘El carro de Apolo’ (una silla de ruedas chapada en oro e inscrita en un círculo de trigo y con presencia de urracas, metáfora del dios). Aquí confluyen distintos registros que evidencian la densificación de sus obras: la alusión al lugar y la memoria, ya que en este emplazamiento se levantó el silo destinado al acopio de trigo para la ciudad; lo autobiográfico, tan ligado al pan y al obrador como primer taller, donde el niño Escalona modela con masa y en el que se enfrenta demasiado temprano al dolor y a la herida que generará su universo; la mitología y las religiones, ya que trigo (pan como transubstanciación) y sol han sido símbolos de la divinidad y sus sacrificios (Apolo, Jesús o Mithra); así como el sentido heroico y el fulgor con los que reviste la silla de ruedas y, por ende, al que la use.

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Luz para seguir

Crítica publicada en diario SUR (11/07/2015)

David Escalona sigue arropándonos en sus ambientes y atmósferas, construidos mediante la suma de sobrecogedoras y exquisitas instalaciones

David Escalona. ‘Para qué quiero pies’

La exposición: es una suma de instalaciones, instalaciones ambientales (‘environments’) e instalaciones sonoras. La música y el sonido, no sólo de ambiente sino el que acompaña a un vídeo, está compuesta por Álvaro Domínguez Escalona. Junto a este vídeo se expone un facsímil del diario de Frida Kahlo, un largo pasamanos con texto en braille, un testero de espejos deformantes y una instalación en la que , inscrita en un círculo de trigo con la presencia de urracas, se sitúa una silla de ruedas dorada. Lugar: Espacio Iniciarte Málaga. Sala de exposiciones de El Palmeral de las Sorpresas, Muelle 2, Málaga. Fecha: hasta el 19 de julio. Horario: de martes a viernes, de 17 a 21 h.; sábados, de 11 a 14 y de 17 a 21 h.; domingos, de 11 a 14 h.

Hace unos años tuve la ocasión de escribir sobre la exposición de David Escalona (Málaga, 1981) ‘Con olor a sangre en la nariz’, celebrada en el Palacio de los Condes de Gabia (Granada). Aquel texto se tituló ‘La cegadora luz de lo revelado’. Los vídeos allí proyectados suponían un crisol de alegorías en torno a la vida y la muerte, al dolor, la enfermedad, la herida, el sacrificio, la regeneración, el trauma y la necesidad del otro para sanar. Eran vídeos de un recogimiento y una intensidad emocional altísimos que nos comprometían y nos situaban ante una suerte de abismo. Es el vértigo que produce ‘descubrirse’, que alguien, como si situase un espejo ante nosotros, revele nuestra esencia y nuestros miedos. Esa luz que refleja el espejo puede ser punzante y cegarnos por un momento, pero es fruto de un necesario ejercicio de revelación.

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Ahora, esa luz que cegaba merced a que nos descubríamos en aquellas imágenes que comunicaban con espacios recónditos y obscuros de lo humano, cambia radicalmente de sentido. Escalona sigue iluminándonos o descubriéndonos, pero esa luz no es doloroso fogonazo. Así, la luz natural se convierte en fundamental, bañando casi todo el espacio expositivo, incluida la pieza central, una alegoría de Apolo, dios del Sol. Esto se consigue gracias a que ‘desnuda’ el muro vítreo que conecta visualmente con el mar y el puerto, que pasan a estar integrados en la sala.

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Escalona articula un discurso en torno a la discapacidad, al cuerpo-vulnerado, al cuerpo-otro y a la ‘diferencia’. Nada nuevo en él, sólo que la herida y el trauma dejan de nombrarse como vía para catarsis. El artista asume la herida o la pérdida y reviste de heroísmo al que tiene motivos para sufrir y se sobrepone. Tal vez por ello, la silla de ruedas, que hace las veces del carro solar de Apolo, se baña, cual ejercicio de teofanía, en oro. Tal vez por ello, presta un pasamanos para sustentar, una barra con un poema de Frida Kahlo (‘Puntos de apoyo’) inscrito en braille dorado, como si lo áureo iluminara aún más. Tal vez por ello, la luz y el reflejo que desprenden los espejos deformantes ayuda a entender lo cerca que podemos estar del ‘diferente’, del que porta la herida. Tal vez por ello, de oro también se reviste un pomo del que cuelga un diente, puede que una metáfora del paso y superación de etapas. Esos tintineos, destellos y reflejos de casi todos esos elementos desprenden luz. Una luz que guía, suerte de metáfora y reconocimiento del que consigue sobreponerse.

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Escalona incluye un facsímil del diario de Frida Kahlo en el que se auto-representa con una pierna amputada y portadora de alas. De aquí nace el título de la exposición, de la confesión cargada de coraje de la artista mexicana: para qué querer pies si se piensa en volar. Justamente, este dibujo dialoga con un vídeo en el que aparece una representación del dios Mercurio. David teje una trama de relaciones sorprendentes; hilvana con precisión los símbolos y las metáforas que se repiten en el conjunto de la muestra. En el vídeo, una escultura pétrea de Mercurio, al que le falta parte de sus dos piernas, es tocada en ademán de culto y sanación de esas heridas que convierten en imposible su misión como dios mensajero. La imagen se acompaña de música electro-acústica dominada por el sonido de un martillo que golpea contra un yunque a ritmo de martinete flamenco. Ese repicar metálico, ‘en presencia’ de lo mitológico, puede conectarnos con el dios Vulcano, dios del fuego, entre cuyas misiones, como dios herrero, estaba la de forjar las armas para otros dioses. Y así, en este cúmulo de referencias, surge un dios que sufría una profunda cojera. De nuevo la incapacidad. Y no podemos dejar de recordar, en esa catarata de citas, ‘La fragua de Vulcano’ de Velázquez, en la que Apolo, con su cabeza metamorfoseada en Sol, visita al dios herrero. Precisamente Apolo, alegorizado en la instalación central de la exposición.

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Ese cúmulo de citas refleja el delicado engarce de ‘piezas’ con trasfondo y simbolismo, no como simple y vacua erudición. El paradigma de esa densificación, de ese conglomerado de imágenes reveladoras, lo encontramos en ‘El carro de Apolo’. Lo mitológico no es novedad en su trabajo; en ‘Pan’, su primera exposición en la Galería Isabel Hurley,  jugaba con esa ambivalencia: la alusión a la mitología a través del dios Pan, así como al obrador de panadería familiar, lo que incluía lo autobiográfico mediante un escenario en el que el niño Escalona sufre un accidente y se le manifiesta demasiado temprano la parte más dolorosa del mundo, alimentando desde entonces su poética. Ahora se vuelve a repetir. La silla de ruedas chapada en oro es símbolo del carro solar de Apolo y suerte de sentido monumento al que la usa. Ésta, para reforzar el sentido, se sitúa en un círculo de trigo que es la traslación del disco solar. Trigo del que parte el pan y cuya masa modelaba el niño David en aquel obrador. Trigo que se acumulaba en el silo que se hallaba en este mismo emplazamiento. Trigo y Sol como símbolos de la divinidad y el sacrificio en numerosas religiones –piensen en Apolo, Jesús (la transubstanciación en el pan) o cómo de la herida sacrificial que le produce Mithra al toro brotarían vino y trigo-. Y luz, sobre todo luz, imprescindible para iluminarnos y escapar de las tinieblas y los infiernos sobrevenidos.

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