‘Y Dionisos venció’. Marina Vargas en el CAC Málaga

Y Dionisos venció

Versión ampliada de la crítica publicada en Diario SUR (16/12/2015)

Aunque las esculturas de Marina Vargas suponen un ensayo sobre la comprensión de la dualidad del ser humano, no podemos obviar el canto a la liberación y a la subversión que proclaman

Marina Vargas. ‘Ni animal ni tampoco ángel’ 

La exposición: 12 réplicas de míticas esculturas clásicas y clasicistas (resina de poliéster, polvo de mármol y esmalte) que son intervenidas con ‘poliespan’; en la mayoría de los casos adquieren un color rojo o rosáceo, lo que recuerda a las vísceras, mientras que en otros, sobre el blanco, se despliega un universo de líneas doradas. Todas ellas están realizadas en 2015. La ‘Venus Limbus’ es una cita a la ‘Venus de los trapos’ (1967) de Pistoletto. Junto a las esculturas, una fotografía en blanco y negro asume la condición de autorretrato de la artista. Comisario: Fernando Francés. Lugar: CAC Málaga. Alemania s/n., Málaga. Fecha: hasta el 10 de enero. Horario: de martes a domingo, de 10 a 20 h.

 

Las esculturas de Marina Vargas (Granada, 1980) convierten, por momentos, el espacio expositivo del CAC Málaga en una sala de copias y vaciados clásicos, ésa en la que se ‘adoctrinaba’ a los artistas en ciernes en los rudimentos del dibujo y en los cánones de la belleza clásica. Sin embargo, la artista hace que ‘supure’ lo perturbador. La confrontación entre las mesuradas formas de las esculturas clasicistas y la orgánica masa informe que acaba devorándolas, que emerge del seno de las figuras para sumergirlas en el reino de lo amorfo, nos remite inequívocamente a los conceptos de lo apolíneo y lo dionisíaco (orden/desorden, razón/pasión o control/impulso). Esta pareja antitética, que rige la existencia humana en un tenso equilibrio, cuando no pugna, ha sido reconvertida a lo largo de la Historia en otras parejas dialécticas, como la de lo clásico y lo barroco, sistematizada por Eugeni d’Ors como pareja de eones -ambos inextinguibles, por tanto- en su capital ‘Lo barroco’ (1935).

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Y de lo apolíneo y lo dionisíaco nos trasladamos al ‘ethos’ y al ‘pathos’. Lo ético, la contención, la mesura, lo ejemplar, el canon o la idea parecen ser puestos en peligro, si no derrotados o derrocados, por el patetismo, la pasión, lo intestino, lo desbordante, lo desmesurado, lo incontenible o lo desordenado que, desde dentro, acaba tomando posesión o colonizando la inmaculada superficie de las esculturas.

Esa tensión dialéctica es la que sostenía precisamente el concepto de belleza que defendía André Breton, el pope del surrealismo ortodoxo, quien afirmaba que la belleza sería convulsiva o no sería. Precisamente, una de las parejas dicotómicas que definían el concepto ‘bretoniano’ de belleza se ajusta a estas esculturas de Vargas; nos referimos al binomio ‘explosante’-‘fixé’ (explosivo-fijo), que evidenciaba un conflicto, como el que aquí manifiestan las deidades escultóricas atacadas por lo fisiológico, una pugna entre lo ordenado y seguro de lo clasicista e idealista (‘fixé’/fijo) y aquello que es expansivo, irregular y desequilibrante (‘explosante’/explosivo). Y ciertamente, las estatuas, en su hieratismo, parecen haber estallado, dejando salir de su interior la pulsión de la violencia y lo palpitante.

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Marina Vargas ha construido su poética sobre pilares como el sacrificio, la muerte o la violencia. Esto ha provocado que su universo se caracterice por la extremosidad y el patetismo, contando su imaginario con la presencia de elementos escatológicos, fisiológicos, sanguíneos u orgánicos, generalmente relacionados con el sacrificio (vísceras o sistemas circulatorios que daban lugar a emblemas, que ocupaban como tatuajes las pieles de animales desollados o que incluso componían elementos rituales como los rosarios). De hecho, ha empleado hasta hace poco la iconografía religiosa (‘Me sobra el corazón’, 2013), como las simbologías en torno a lo mariano y lo cristológico, tan familiares en el sur de España; un código ‘tradicional’ que, asumido, representa por encima de otras cuestiones el sufrimiento y el dolor (atributos pasionistas como coronas de espinas o corazones traspasados por puñales). Son todos éstos, además, asuntos que han sido vinculados secularmente con el arte español, actuando como definidores de una posible alma española o de la españolidad. Conviene señalar que en esta ocasión no cabe la posibilidad de hacer lecturas ‘patrias’ o ‘deterministas’, ya que Vargas escenifica una cuestión más profunda, enraizada en el pensamiento occidental en torno a la esencia y la concepción del Hombre.

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Aunque de esa lucha entre los extremos, como parece desprenderse también del título de la exposición, basado en una cita de Blaise Pascal (siglo XVII), se desliza un asunto como el equilibrio/desequilibrio, no podemos evitar lo que de rebelión y liberador poseen estas esculturas. Lo ideal, que ha de actuar como modelo, es representado por la estatua clasicista que se apoya en lo solemne (rotundo), lo pétreo (duradero), pesado (inamovible), recto –literal y metafóricamente, como rectitud ética-, incluso en lo majestuoso. Cercenando todo ello, como si emergiese desde dentro, como los griegos que ocultos en el caballo ganaron Troya, esas masas rosáceas parecen doblegar tanta autoridad, tanto dogma. Nociones como anti-idealista o iconoclasta afloran en esta lid. Una lucha, quizás, contra las apariencias.

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Estos personajes mitológicos comprenden un sinfín de actitudes, tanto éticas y edificantes como deplorables. Como mitos, fueron ‘constructos’ que el ser humano se dio para comprender (mejor) el mundo y, ante todo, para comprenderse mejor, para dejar constancia de sus luces y sombras como personas. Frente a las primeras, que se transparentan o no se ocultan –que son de dominio público por lo ejemplarizante-, las segundas siempre se prefiguran como procedentes de los más recónditos y obscuros rincones del alma humana, de ahí que la psiquiatría haya tomado el nombre de muchos personajes mitológicos para la identificación de patologías mentales o de conductas, generalmente relacionadas con comportamientos anómalos. De ahí tal vez el título de la exposición, como un duelo entre la razón y la pasión, lo edificante y lo censurable, lo recto y lo torcido, lo frío y lo palpitante, la contención y lo desbordante, la frialdad emocional y la calidez, la apariencia y la esencia, la superficie y la entraña. Extremos todos ellos que piden a gritos una comprensión del ser humano en su dualidad, de lo material y lo espiritual, de lo elevado y lo bajo. Todo ello no deja de ser una ‘contestación’ a lo categórico. En este punto no podemos dejar de usar algunas de las sentencias que Ramón Gómez de la Serna ‘desparrama’ en ‘Ensayo sobre lo cursi’ (1934) y con las que, con extrema lucidez, parece reeditar ese duelo entre lo recto clasicista y lo informe y desviado barroco:  “lo barroco pierde el premio a la perfección, siempre suspenso en el dosel de la sociedad, y se engarabita en contrición humana y al mismo tiempo de ampulosidad intentada, olvidando las lecciones de suntuosidad fría y excesiva”.

No podemos evitar hacer lecturas en clave de la propia teoría del arte. Esta continua confrontación nos hace recordar los ‘Conceptos fundamentales de la Historia del Arte’, el texto de Heinrich Wölfflin que es considerado una de las cimas del formalismo (fue traducida al español por el malagueño José Moreno Villa) y en la que se oponía lo clásico y lo barroco. Precisamente, la materia que se apodera de las estatuas juega con conceptos sumamente barrocos como el pliegue o lo exuberante.

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La única fotografía que acompaña a la docena de esculturas adquiere una importancia capital. La imagen, en la que Vargas abraza una copia del mítico ‘Torso del Belvedere’, es una suerte de autorretrato. En función a la lógica de los desplazamientos, el cuerpo desnudo de la artista, que se apodera del dios, pudiera relacionarse con las vísceras que ocupan las esculturas, por lo que representaría, de facto, la pasión. El título, ‘El modelo y la artista’, dota a la fotografía de cierto valor crítico en correspondencia con el carácter subversivo o de liberación que hemos destacado. Vargas se interna en el género del artista y la modelo, que secularmente fue un marco para escenificar el dominante pensamiento masculino en torno al erotismo y la mujer, como proyección de los deseos varoniles. Vargas se interna transformándolo y apoderándose de él, como las vísceras hacen con las estatuas clásicas, como Dionisos con Apolo.

 

Fotografías: José Luis Gutiérrez. Cortesía del CAC Málaga

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