‘Tantas ciudades’. ‘Paseo del Parque’ de Antonio Navarro

Tantas ciudades

Versión ampliada de la crítica publicada en diario SUR (12/12/2015) 

Antonio Navarro atiende a la práctica del ‘cruising’ en el entorno del Parque de Málaga, aunque eludiendo lo explícito, lo que le permite abordar otros asuntos y revelar las ciudades que ‘duermen’ en la ciudad

Antonio Navarro. ‘Paseo del Parque’

La exposición: 10 obras, 6 de ellas vídeos y 4 fotografías, realizadas desde 2014. El montaje refuerza el carácter ambiental y, merced a luz escenográfica, a los distintos tamaños de las fotografías y a sus enmarcados, posibilita que las imágenes fotográficas bordeen en algún momento la consideración de géneros pictóricos. Comisario: Juan Carlos Robles. Lugar: Sala de exposiciones de la Facultad de Bellas Artes. Plaza de El Ejido s/n., Málaga. Fecha: hasta el 22 de diciembre. Horario: de lunes a viernes, de 10.00 a 14.00 y de 16.00 a 21.00 h.

 

Antonio Navarro (Málaga, 1990), en su primera exposición individual, nos traslada a un espacio referencial del imaginario de la ciudad como es el Parque. En él nos sumergimos mediante las fotografías y los vídeos, quedando envueltos por el sonido de ambiente de aquel enclave. Navarro, incluso, gracias a dos vídeos en paralelo, nos invita a recorrerlo de día y de noche, observando cuán distinto deviene. Y justo ahí, en la oscuridad de la noche, tiene lugar el ‘cruising’ (sexo ocasional con desconocidos en lugares públicos), lo que motiva este ciclo de imágenes. Sin embargo, al artista no le interesa la literalidad de esas relaciones: siendo el origen de su reflexión visual queda denotado por las huellas de esas prácticas, por los rincones donde se llevan a cabo y por un intento (en vídeo) de catalogación de las personas que transitan por esos lugares, motivando que nos cuestionemos si responden a un arquetipo o éste es imposible de construir dada la variedad de tipos, entre los que mezclan a buen seguro ‘practicantes’ como visitantes eventuales.

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El ‘cruising’ ha sido objeto de atención para la fotografía, por lo que cuenta con cierta fortuna. Carlos Aires, en su serie de 2007 dedicada a escenarios naturales y parques donde se practicaba, eludía lo explícito para realizar un esteticista ejercicio de paisajismo. Los rincones se cargan de una belleza romántica, con luces áureas. Nada nos hace sospechar que esos paisajes sean marcos para las relaciones sexuales. Juan Carlos Martínez, en su serie ‘Subfilum Spermopsida’, toma como excusa la catalogación de especies botánicas de parques y descampados. Con una fotografía documental evidencia que son lugares de sexo esporádico al atender a las ‘huellas’ de los encuentros furtivos: preservativos y pañuelos de celulosa que parecen marcar o connotar el territorio. No obstante, el acercamiento más literal a esta práctica fue el de Kohei Yoshiyuki en la serie ‘Parque’ (1971). El fotógrafo nipón actuaba como un cazador furtivo al adentrarse por la noche en los parques de Shinjuku, Yoyogi y Aoyama (Tokio). Iba equipado con película y ‘flash’ de infrarrojos, lo que le permitía mantener un sigilo prudente. Allí registraba los encuentros amorosos clandestinos entre distintas personas y la corte de ‘voyeurs’ que los contemplaban, a veces llegando a acosar a los amantes o incluso dando el paso de participar.

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Sin nombre (15 segundos)

Navarro, por su parte, hace uso de géneros tan distintos como el retrato, de marcado carácter objetivo o de catalogación antropológica, o el paisaje. Por encima de todo, el creador malagueño observa cómo los espacios públicos pueden verse sometidos a una subversión de la función a la que se destinan o a la que parecen consagrase. Esa subversión, esa ‘alteridad’ del espacio, esa posibilidad de ser otro espacio, provoca que se solapen las ciudades, que haya tantas ciudades como sean vividas. Surge, así, lo que se conoce como «ciudades ocasionales», aquellos espacios que en función a distintos usos, relaciones e intercambios de diferente índole pueden acabar siendo modificados. Un ejemplo puede ser el vídeo en el que guiña una farola en los jardines de Puerta Oscura, debido al intento de anularla para ganar oscuridad e intimidad, lo que produce una sensación que cabalga entre lo siniestro y lo romántico.

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Ayuntamiento

Precisamente, las fotografías nocturnas en las que se ven los edificios del Ayuntamiento y del Banco de España, desde la oscuridad y a través de la vegetación del Parque, como si estuviéramos camuflados cual francotirador, provocan dos interpretaciones que consideramos trascendentes. Por un lado, el punto de vista, que estaría próximo al fílmico plano subjetivo, consigue trasladarnos al lugar y a la sensación de quien se oculta. Indudablemente, el manto de la noche y la frondosidad y vericuetos del Paseo del Parque, de Puerta Oscura y de la subida al agreste y escarpado Gibralfaro, dispensan a los practicantes del ‘cruising’ la intimidad y el cobijo necesarios. Por otro lado, esa mirada furtiva a los poderes político y económico revela una actitud que reta o se opone a lo oficial, a lo hegemónico, a aquello que ordena nuestras vidas –lo que impone el orden-. En un espacio central de la ciudad, de representación y simbólico, se atisban prácticas marginales, esto es, aquellas que parecen predestinadas a los márgenes. Un ámbito como el Parque, una joya botánica en cuyo rededor se concentran centros culturales (Espacio Iniciarte, Centre Pompidou Málaga, Museo del Patrimonio o la nueve sede del Museo de Málaga en la antigua Aduana), instituciones (Universidad, Banco de España, Ayuntamiento o Diputación) y que está anclado a la memoria fotográfica de miles de malagueños que conservan la tierna imagen de niños montados en la escultura broncínea de Platero, adquiere resonancias inimaginables. El artista, por tanto, revela la otra vida de estos lugares. Ésta es la virtud de no ser explícito respecto al objeto que motiva el trabajo: Navarro acierta al esquivar lo literal para recorrer otros escenarios y asuntos que lo bordean y que arrojan múltiples lecturas en diferentes direcciones.

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Sumamente sutil es la escenificación del miedo a la enfermedad. En esa lúcida estrategia de ‘susurrar’ los asuntos no haciéndolos manifiestos, Navarro se apoya en el incesante e incómodo revoloteo de moscas y en chumberas infectadas por la mortífera ‘cochinilla del carmín’, captadas en lugares de encuentro en el Parque y en Gibralfaro. La enfermedad, lo insalubre o el riesgo asoman. Además, las chumberas, como la fotografiada, se convierten en soportes en los que introducir anuncios, ya que en los tallos carnosos se graban mensajes de amor o se dejan números de teléfono para contactar. Son el espacio, pues, para los códigos, para la comunicación. En un mundo marcado por las redes sociales y la conectividad, estas inscripciones poseen algo de poético y elemental.

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Otra de las cuestiones fundamentales gira en torno a la dicotomía público-privado. Son muchas las obras en las que subyace esta dialéctica que deviene, como no puede ser de otro modo, conflictiva. Precisamente, el recorrido por la exposición concluye con el brillante aprovechamiento de un espacio absolutamente residual que hace las veces de figurada estancia doméstica y de cuarto de revelado; en él, bañado con una luz roja, se proyecta la imagen de un joven que intenta vencer al sueño sobre una cama y que ha de ser puesto en relación con la persona que, al modo de un durmiente, echa la siesta a la vista de todos en pleno jardín . Mención aparte merece el excelente montaje, que se apoya en múltiples soluciones que potencian la semántica del discurso.

 

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