‘Vasos comunicantes’. José Medina Galeote y Juan Manuel Rodríguez

Vasos comunicantes

Versión ampliada de la crítica publicada en Diario SUR (18/03/2016)

Presidida por una impactante intervención pictórica, la exposición en la que dialogan José Medina Galeote y Juan Manuel Rodríguez es un cúmulo de metáforas acerca de la pintura y del oficio de pintor

José Medina Galeote y Juan Manuel Rodríguez. ‘Vi cómo sucedía pero no hice nada’
La exposición: cada autor presenta 9 pinturas (óleo sobre lienzo en el caso de Rodríguez y acrílico sobre lienzo en el de Medina Galeote), a las que se han de sumar 2 piezas realizadas entre ambos, ‘a cuatro manos’, con lo que el conjunto llega a las 20. Una de las paredes está intervenida pictóricamente por Medina Galeote (unos 60 metros cuadrados), integrando piezas de ambos, mientras que en otra pared interviene con óleo en barra incluyendo 2 piezas propias; por su parte, Rodríguez genera un diálogo entre un objeto y una de sus obras, desembocando en la instalación. Lugar: Museo Joaquín Peinado. Plaza del Gigante, s/n., Ronda, Málaga. Fecha: hasta el 15 de abril. Horario: de lunes a viernes, de 10 a 17 h.; sábados, de 10 a 15 h.

Resulta fascinante experimentar cómo José Medina Galeote (Girona, 1970) y Juan Manuel Rodríguez (Málaga, 1979), dos creadores que poseen lenguajes situados en las antípodas pictóricas, el primero con su grafismo y el segundo con su verismo rayano en lo hiperrealista, dialogan a la perfección y hacen conciliar esa suerte de opuestos. Son muchas las obras que, cual vasos comunicantes, establecen relación, pero, sobre todo, han de destacarse las que realizan ‘a cuatro manos’. Ciertamente actúan a modo de manifiesto o alegoría. En una de ellas, un marasmo de líneas de Medina Galeote perfila una abocetada figura humana que, como evidencian los pies primorosamente pintados por Rodríguez, resulta ser la escultura helenística ‘El niño de la espina’. En la otra, unas manos que soportan un papel y lo convierten en el foco de nuestra mirada, según factura de Rodríguez y que nos recuerda a uno de los temas predilectos de Borremans –éste, a su vez, lo obtiene de un maestro como Chardin-, acaba convirtiéndose, merced a las líneas de Medina Galeote, en asunto irreconocible, en algo inefable. En aquello que miramos, tal vez con la esperanza de reconocer u obtener alguna información precisa, ya sea verbal o visual, no podemos ver otra cosa que una ‘muda’ trama de líneas. La pintura aparece en estas imágenes como aquello que te hace mirar pero no te permite ver, tanto como, en un sentido contrario, aquello que revela y refuerza lo apenas susurrado.

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La exposición e intervención en la capilla neogótica del Palacio de los Moctezuma, sede del Museo Joaquín Peinado, reviste de una indudable singularidad a este proyecto compartido. De hecho, en el altar mayor Medina Galeote desarrolla un ejercicio de pintura mural, de modo que parece connotar ese paramento como el ámbito referencial de la construcción. Con pintura dorada, rememorando un retablo, el artista devuelve el brillo y el aspecto sagrado a la cabecera de esta iglesia. Una vez (re)creado ese contexto, Rodríguez sitúa en la zona superior, en lo que se consideraría el coronamiento del retablo, unos pies –los suyos- que recuerdan a los de un crucificado. En este continuo juego con la presencia y la ausencia, a la pintura como objeto de cuestionamiento, se le añade la figura del pintor como tema fundamental de esta alegoría meta-artística que construyen. En este sentido, abundan en la secular idea del creador como alguien que acepta o se halla abocado al sacrificio que conlleva la práctica del arte.

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Rodríguez aporta más imágenes que podríamos considerar metáforas acerca de la figura del pintor. En el lienzo monumental, en el que se autorretrata haciendo levitar a una mujer, asoma la noción del artista como prestidigitador. Acompaña a ésta otra obra en la que aparecen tres vasos bocabajo y en el interior de uno de ellos se esconde una bola. El artista aparece ahora como un trilero, alguien dotado de habilidades, que emplea trucos y que puede jugar con la realidad hasta provocar el engaño. Pero, en ningún caso, tal como parece advertir por la transparencia de los vasos, cabe una actitud desaprensiva. También Medina Galeote, en una declaración en pos de la imbricación arte-vida, convierte metafóricamente a la pintura en una especie de sistema sanguíneo que mantiene la vida. En el eventual tríptico que componen con obras de ambos parecen expresar la fragilidad, el miedo, la angustia y la dificultad del oficio: un castillo de naipes, un bombardeo y el castillo desmoronado. Asoma la imagen del pintor como un Sísifo destinado a volver a poner en pie lo que cae.

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Las posiciones estilísticas tan alejadas de ambos vienen a confluir en un diálogo absolutamente coherente gracias a que comparten dos aspectos cruciales. A saber, sitúan a la propia pintura, sus circunstancias y especificidades en el centro de su cuestionamiento plástico. En segundo lugar, ambos giran constantemente en torno a la ocultación, al misterio y al desvelamiento que, como contrapartidas, conducen a una invitación a imaginar. Medina Galeote ha hecho del camuflaje un recurso predilecto. Sin embargo, también el ejercicio de la pintura expandida caracteriza su trabajo, de modo que ésta desborda el soporte físico (el lienzo) y coloniza el espacio expositivo. Esa expansión supone en algún caso una ampliación de lo que cabe ser visto y reconocido, tal como ocurre en la intervención mural que integra las piezas ‘Gigante’ y ‘Juego’: un simple rostro y un juguete quedan relacionados merced a la pintura mural que, sobre la pared, acaba por desvelar el enorme cuerpo que acompaña a ese abreviado y enigmático retrato contenido en el lienzo. Por su parte, Rodríguez, al emplear constantemente un recurso como el fuera de campo, cercena los contextos, ‘dejando fuera’ del lienzo algo que presuponemos importante, de modo que reduce la información y agudiza el enigma. Ocurre con un personaje que mira –y nos hace mirar- su mano vacía, de la que ha desaparecido algo que encontramos, literal y físicamente, fuera de campo y del cuadro (una bola de espejo que se halla delante del cuadro, generando una instalación). En el altar mayor, se sitúa otro de sus personajes que miran algo que se halla fuera del espacio pictórico, justamente una pieza de Medina Galeote que alude a la vista.

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Resulta una deliciosa metáfora, y casi que un guiño cargado de respeto, una de las obras de Rodríguez: una mano sujeta un palo que oca en su extremo con la pared, arrojando una línea de sombra: ese gesto elemental deviene trazo, como los de Medina Galeote. No deja de ser admirable este respeto mutuo que se guardan dos artistas que se expresan de manera tan distinta: Medina Galeote a través del gesto, como proceso y acción, mientras que Rodríguez lo hace mediante la representación, como imagen. ‘Vi cómo sucedía pero no hice nada’ es una oportunidad no sólo para enfrentarnos a la rotundidad del trabajo de Rodríguez, de quien habíamos tenido la oportunidad, entre finales de 2014 y principios de 2015, de enfrentarnos a una valiosa exposición individual (‘La mirada tensa’, en la antigua Sala Moreno Villa) en la que el artista ya daba la medida de su capacidad, así como a la incesante variación del inequívoco y personal lenguaje de Medina Galeote, también para presenciar cómo el sentimiento de la pintura es el mismo para autores tan distintos formalmente.

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