Juan Olivares. El espacio de la pintura

El espacio de la pintura

Versión ampliada de la crítica publicada en diario SUR (17/06/2017)

El ‘collage’ ha generado en Juan Olivares nuevos hallazgos que traslada a sus exuberantes obras, que pasan a adquirir una condición espacial que raya en lo paisajístico

Juan Olivares. ‘J´aime l´émotion qui corrige la règle’
La exposición: 15 obras, 3 de ellas son esculturas o ‘assemblages’ (ensamblajes), una alfombra que asume la adición de cuerpos que caracterizan al ‘collage’ y al ‘assemblage’, y 11 ‘collages’ de distintos tamaños y con el papel pintado como único elemento. Lugar: Galería Isabel Hurley. Paseo de Reding, 39 bajo, Málaga. Fecha: hasta el 1 de julio. Horario: de martes a jueves, de 11.00 a 13.30 h. y de 17.30 a 20.30 h.; viernes, de 11.00 a 14.00 h. y de 18.00 a 21.00 h.; y sábados, de 11.00 a 14.00 h.

 

El título de esta exposición de Juan Olivares (Catarroja, Valencia, 1973) toma una frase con la que H. Wescher (‘La historia del collage’, 1976) define la actitud de Juan Gris, «Amo la emoción que corrige la regla», que se opone a la célebre que pronunciara George Braque: «Amo la regla que corrige la emoción». La libertad y emoción que ha encontrado Olivares en esta inmersión en el ‘collage’, que alumbra estas obras expuestas, tanto como el hallazgo y lo orgánico de este recurso y del propio proceso de trabajo que ampara, que vendría a escapar de lo pautado y estricto –de la regla-, ha hecho que el artista encontrara en esa frase en torno a Gris una suerte de espejo, un reconocer su propio ánimo y estado creativo. No cabe duda que el color y la sensualidad de Gris, con su amplia paleta y los ritmos ondulados, vino a distinguirse del rigor y lo adusto que habían imprimido Braque y Picasso a los primeros desarrollos del cubismo se llegó a definir ese momento como «laboratorio del arte». No en vano, Picasso, en relación al cubismo, se preguntaba retóricamente si se le podía pedir belleza a una fórmula.

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Esa emoción que le ha inoculado el ‘collage’ a Olivares le ha permitido expandir la propia pintura, tanto en lo espacial como en sus posibilidades. También le ha hecho desarrollar un proceso más intuitivo y descubrir nuevos tratamientos, como los rasgados de papel, que ha incorporado a sus sensuales y sugestivos brochazos hasta conformar obras exuberantes.

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Su pintura siempre ha evidenciado una conciencia del espacio, pero esa concepción espacial iba dirigida a una noción pictórica como la de la superposición; esto es, los estratos o las capas. Esta idea aún permanece en su trabajo, como podemos ver en sus fastuosas veladuras o en el literal ejercicio de superponer ya no sólo capas de color, sino que ahora superpone soportes pintados, fragmentos de papel. Sin embargo, el empleo del ‘collage’ ha posibilitado que esa concepción espacial exceda meramente lo pictórico y, evidentemente a través de lo pictórico, desemboque en otras concepciones. Buena parte de estos ‘collages’ de Olivares se convierten en una suerte de ‘escenario para la pintura’. Esto es, no han de entenderse como simple suma de fragmentos bidimensionales, al modo de un ‘collage’ tradicional, sino que el artista juega con esos soportes modelándolos en ocasiones y estableciendo distintas relaciones. De este modo, los papeles se doblan adquiriendo un volumen que se separa de la superficie; generan ámbitos entre ellos, como si fueran canales o calles; se vuelven sobre sí hasta configurar lo que podrían ser arcos o dinteles; toman formas circulares, al modo de unos óculos u ojos de buey, que dejan ver otros muchos espacios que yacen bajo ellos; algunos papeles nos muestran cómo la parte posterior, aquella que en un ‘collage’ tradicional estaría destinada a no verse y a ‘pegarse’ completamente, está también pintada, a veces siguiendo el color del fondo y otras con colores flúor que permiten que ese plano se ‘retro-ilumine’ y se expanda cromáticamente a través del reflejo o aura que genera, de modo que tiñe de color el espacio circundante.

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La superposición y suma de superficies hace que la obra adquiera literalmente profundidad. También que se estructure en niveles. Y así, la obra como imagen para ser vista frontalmente, como mero espacio bidimensional y plano, deja de tener validez como único paradigma posible. Automáticamente entendemos que esa imagen ha pasado a ser un espacio en el que internarse. La mirada puede colarse y recorrerlo, como en una suerte de viaje fenomenológico; esos niveles nos invitan a trasladarnos a la obra y empezamos a imaginarla desde otras perspectivas. De observar la pintura pasamos a estar a ella, de modo que la vista convierte aquella aparente cartografía, ese mapa pictórico, en un paisaje o en una orografía que deba transitarse.

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La idea de paisaje nos asalta irremediablemente ante la alfombra que ocupa el espacio central de la galería. Esta pieza podría ser expuesta como un tapiz, es decir, como imagen, en vertical sobre la pared. Ésta es heredera de los nuevos hallazgos que ha generado en Olivares la inmersión febril en el ‘collage’. La disposición de esta pieza textil en el suelo permite que podamos apreciarla de modo casi cenital y en perspectiva. La parcelación de la superficie, que traduce la idea de ‘collage’, no sólo condiciona la forma, la composición o el ritmo de la misma, sino que cada sector o fragmento tiene una altura distinta. Resulta imposible no pensar en esa zona textil como una auténtica topografía y, por tanto, como un paisaje. Tanto es así que Olivares recrea un paisaje relacionado con su lugar de nacimiento y con su biografía: los humedales del Parque Natural de La Albufera, con sus parcelas rectangulares de arrozales que marcan el ordenamiento del territorio y el propio desarrollo de la alfombra. No deja de ser poético pensar en la superficie de la obra, en sus decenas de miles de hilos, como metáfora de las plantas de arroz que allí se cultivan.

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Ante muchos de sus monumentales ‘collages’, en los que prima una línea ondulante y fluyente, casi que como el curso de un río que dibuja meandros, surge la noción de ‘lo barroco’. Esa línea agitada que genera un arabesco que se retuerce sobre sí mismo y genera una estructura, por momentos, ‘rizomática’ puede hacer brotar en nosotros la tentación de vislumbrar en Olivares una deuda con la tradición barroca. Hemos señalado cómo el entorno y las vivencias pueden marcar su obra, con lo que, siguiendo con ese vínculo con su contexto más próximo, no nos resistimos a pensar en la inconsciente influencia que pueden producir en él estructuras como la portada de Ignacio de Vergara del Palacio del Marqués de Dos Aguas (siglo XVIII) de Valencia. Nuevamente, el espacio biográfico y su marco de formación y vivencias pueden quedar reflejados en su pintura.

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Pero la idea de espacio va más allá. Olivares trabaja algunos de los ‘collages’ directamente sobre la pared del estudio, con lo que ese marco puede condicionar las obras que se realizan procesualmente ‘in situ’. Es el caso de dos ‘collages’ que nacen en diálogo con el azul que cubre el muro en el que se desarrollaron. Los colores empleados, las formas, el ritmo, las superposiciones debieron responder a ese contexto. Por ello el artista siente que son ‘hijas’ o deudoras de ese espacio, que se deben, como ocurría con el arte románico, a una suerte de «ley del marco». Ésa es la razón de que se sitúen sobre un fondo azul que nunca abandonarán y que, al modo de una sinécdoque –el todo por la parte-, pasa a ser la pared de su estudio, ese espacio donde la pintura nace.

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Curiosamente, el dinamismo de los cuerpos y el uso de líneas y cuerpos en diagonal, nos hacen rememorar a las vanguardias rusas, en algunos casos al rayonismo en su vertiente más abstracta, la de Larionov; en otras, más habituales, las composiciones de El Lissitzky adquieren mayor familiaridad. El propio Olivares acepta ese ‘aire de familia’, esa suerte de ascendencia constructivista que parece trasladarse a la escultura. En ésta, que no deja de ser una traducción volumétrica de lo pictórico, al tiempo que una traducción del ‘collage’ a lo escultórico, que deviene ‘assemblage’, como ocurrió en el cubismo sintético, se siguen construyendo ámbitos permeables y franqueables a la vista. Sus esculturas son, también, la traducción del movimiento y lo gráfico que dominan sus pinturas. Olivares evoca y pone ante nuestros ojos multitud de espacios; a nosotros nos corresponde deambular y perdernos en esa pintura.

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