Gracias por su visita. ‘Bar España’ de Florentino Díaz en Fúcares

 

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“España, un bar para Europa” se puede leer en rudas letras de molde en una de las piezas que Florentino Díaz ha creado para Bar España, su exposición en la Galería Fúcares Almagro. El artista extremeño ha hecho de la casa el inequívoco objeto de reflexión de toda su carrera, tanto que podríamos decir que Díaz hace o reformula continuamente una sola obra a través de numerosas entregas. Desde su condición individual, como espacio íntimo/familiar que moramos, la casa ha ensanchado su extensión a la par que ha borrado sus límites. Esto es, la casa viene a ser aquello que nos acoge y que habitamos, por lo que ese reducido espacio, ese microcosmos personal que es el hogar, ha pasado a ser en su trabajo realidades mayores: ciudades, países, continentes, unidades políticas y, en última instancia, La Tierra, la casa que compartimos todos sin excepción. En esa expansión, sus construcciones atienden tanto a cuestiones de índole individual (nuestra relación con el hogar y el vivir) como a otras de evidente calado político y medioambiental (nuestra enunciación o constitución como comunidad y el convivir).

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La casa —digamos que nuestra casa-patria, casa-nación o casa-Estado— se constituye en bar, sin duda, otro espacio de convivencia. Díaz, en esos bares España que ahora presenta en Fúcares, parece construir metáforas contra esa especie de gratitud —el “gracias por su visita”—, o quizás gratitud entendida como servilismo, por ser los elegidos para el ocio foráneo; contra el presente de convertirse (únicamente) en bar o asilo de Europa; contra la (única) esperanza de muchos de los que acceden al mercado laboral, no formados y (muy) formados, de engrosar el cuerpo de hostelería; contra la conversión de los centros históricos en terrazas; o contra la exigencia en algunas ciudades de que esos mismos centros dejen de ser zonas residenciales permitiéndose más ruido y más horas de apertura. En cualquier caso, ¿para qué ser un bar hoy si se puede ser una vivienda de alquiler vacacional? Son muchas las ciudades, o mejor dicho, sus ciudadanos, los que están sufriendo la conversión de pisos en viviendas vacacionales (menos oferta de pisos en alquiler, despoblamiento de los centros históricos, precios más caros y conflictos con los eventuales vecinos vacacionales, etc.). No deja de ser curioso cómo la poética de Florentino Díaz se ajusta a estas nuevas y perniciosas realidades. Lo estanco del motivo, la casa, no sólo no impide la capacidad de convertirse en objeto que permite una reflexión social sino que la multiplica.

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La casa, el objeto de su trabajo, al ser entendido por definición como hogar, como espacio en el que morar y que asegura el confort, la protección y la seguridad, queda trasmutada en muchas de sus obras. La angustia, lo desacogedor y lo desabrido se pueden apoderar de ellas. Nace una profunda paradoja fundada en el deseo de la función de la casa y la frustración de esa expectativa. Hoy, muchas familias se encuentran exiliadas en sus propias casas, avisadas de una pronta expulsión de aquello que ha de ser considerado el particular paraíso, obligadas a convivir con inquilinos de paso que viven el ocio echando la casa por la ventana. Son varios los registros en los que trabaja Florentino Díaz llamados a subvertir esa concepción de casa para convertir esa imagen de lo que nos ha de acoger en espacios para no-habitar. Uno de ellos es el de los materiales. El artista acumula en su taller, en ocasiones durante décadas —algunos de los elementos que aquí usa moran en su estudio desde hace más de un cuarto de siglo—, materiales que él mismo recupera de ese espacio de expulsión al que la sociedad contemporánea somete a la cultura material que ha heredado y que, en pos de la renovación, son desahuciados por otros. En ocasiones son elementos puramente de desecho (pañiles de fruta) y no solamente desclasados (reducen su consideración de utilidad y se les rebaja a abandonar el hogar). En cualquier caso, todos ellos poseen una historia propia, son materiales con biografía. Materiales que imponen su pasado, y no sólo su aspecto decadente, ruinoso o raido, y que son, en esencia, contrarios a lo aséptico y neutral. Materiales, al fin y al cabo, que generan una idea de casa que no nos pertenece. Esto también revela el modus operandi del artista, marcado por lo orgánico y el hallazgo. Algunos de los materiales son recuperados o recolectados tras largas derivas y paseos, como un flâneur, en las que se produce el hallazgo o el encuentro nada azaroso. A partir de ahí aguardan su momento, en el que pasarán a encontrar un nuevo contexto en el que relacionarse con otros fragmentos en assemblages que, además de redimensionarlos, detonarán nuevas sensaciones y mensajes.

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Otro de los motivos que alimenta la paradoja, y que desemboca las más de las veces en lo perturbador, es justamente la semántica de los materiales y del procedimiento. Esto es, el ensamblaje refuerza las nociones de precariedad, de fragilidad y de desacogedor que se oponen a todo aquello que ha de significar hogar. Las nociones de casa como “nido” o “concha”, que Gastón Bachelard avistaba en su capital La poética del espacio (1957), son absolutamente desmanteladas. La precariedad de los elementos que componen sus estructuras domésticas y la escasa o nula firmeza de ellas —uno de los valores supremos de la construcción, la firmitas, ha sido recogido sistemáticamente en tratados de arquitectura desde Vitrubio en adelante— que, nunca mejor dicho, apenas esboza o aboceta Florentino Díaz, nos trasladan sensaciones que operan en contra de la aspiración que despierta todo hogar en nosotros. El deseo o la esperanza se frustran.

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La paradoja también brota en otras como las distintas versiones de Bar España, en las que la casa se construye con frágiles maderas de pañiles de frutas, concretamente de una cooperativa o distribuidora que responde al nombre de Girona Fruits. Encajan éstas en esa idea del bar, más allá del país como un enorme establecimiento llamado a satisfacer, como espacio de desazón en tanto que mirada hacia nosotros mismos. A Florentino Díaz España le duele. Su trabajo adquiere un indudable sentido crítico que bordea, con la inclusión del bar, un carácter sarcástico, grotesco y descarnado, tonos y modos de expresarse propios de nuestra tradición. Ese continuo ejercicio de reflexión acerca de España, que nació con rotundidad en la década pasada, justo cuando la vivienda se convirtió en la más acuciante problemática social, contiene tanto una reflexión de fondo como otra que puede revelarse por la coyuntura. Diacronía y sincronía subyacen en sus obras; esto es, una idea de España y algunos de los problemas más cercanos o familiares. Esto último, al margen de ese Bar España hecho con listones gerundenses, lo podemos ver en el assemblage de listones que conforman el territorio nacional y en los que leemos expresiones como “prevaricación nacional” o “Corrupciones S.A.”. Lo coyuntural, o lo sincrónico, convive con lo diacrónico. Precisamente, esa precariedad y humildad de los elementos que emplea, así como cierta metafísica o espiritualidad que parecen poseer —recordemos esa biografía que atesoran—, enlazan con cierto ascetismo y rigor de algunos de los episodios más reconocibles de la tradición plástica española. Las casas de Florentino Díaz transforman sus perímetros en fronteras, se convierten, en una suerte de desplazamiento de significado, en países. Ahí radica la ventaja de entrar en sus casas-bares, que entramos en nuestro país.

Juan Francisco Rueda

Bar España. Florentino Díaz. Galería Fúcares. San Francisco, 3. Almagro. Hasta el 11 de diciembre.

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