José Luis Valverde. ‘Convivir con la muerte’

Convivir con la muerte

Versión extendida y refundida de las críticas publicadas en diario SUR (2 de abril de 2021, Viernes Santo) y en ABC Cultural (10 de abril de 2021).

Con ‘Selva del tiempo’, José Luis Valverde no sólo presenta una magnífica exposición, sobre todo nos ofrece definitivamente una voz propia, modulada con paciencia y entrega

José Luis Valverde. ‘Selva del tiempo

La exposición: una cincuentena de piezas la componen, siendo la mayoría de ellas pinturas (óleo sobre lienzo o tabla) y 4 esculturas (yeso, cemento blanco, cerámica esmaltada y piedra). La mayoría están realizadas entre 2019 y 2020. Encontramos gran variedad de formatos, desde tablas de apenas unos centímetros a lienzos de gran tamaño. El conjunto se articula sutilmente, mediante una escultura ambivalente, en dos grupos temáticos, dedicados a la muerte y a la naturaleza (exuberante vegetación y fastuosas aves). Comisariado: Polaroid Star. Lugar: JMgalería. Duquesa de Parcent, 12, Málaga. Fecha: hasta el 30 de abril. Horario: lunes a viernes, de 11.00 a 14.00 h. y de 17.30 a 20.30 h.; sábados y festivos, previa cita.

Vivimos días en los que asistimos a la celebración y el rito de la muerte que la Semana Santa, como cada año, nos trae. Convivimos con ella, al menos en estas jornadas, con la generalizada naturalidad de los códigos identitarios y culturales en los que hemos ido creciendo. No sólo nos llega por vía católica, nuestro fatalismo grecolatino (el ‘fatum’) es otro de los ‘afluentes’ que nos nutren, así como el ascetismo propio de Séneca, con su estoicismo fundador de un ‘modo de estar’. A partir del Barroco, con la herencia del Concilio de Trento (1545-1563) y de figuras trascendentales para el misticismo español como Santa Teresa de Jesús o San Juan de la Cruz, tanto como con el desapego a lo material y el desengaño de las glorias terrenales y de lo fútil, la aceptación de la muerte y su condición de ineludible ‘compañera de viaje’, acaban configurando definitivamente eso que definimos como «alma española».

Sirvan estas líneas como marco en el que acoger ‘Selva del tiempo’, la exposición de José Luis Valverde (Málaga, 1987). El modo de acercarse a la muerte y reflejarla que demuestra posee un profundo hálito barroco e hispano, lo cual no impide que atisbemos fogonazos de un modo de sentir centroeuropeo (el eco espiritual de la naturaleza o ‘lo grotesco’) en algunas de sus piezas –la entrada en contacto en el siglo XVI con esos países, con mayor tradición mística, también influiría en la concreción del caso español-. La sola posibilidad de que la obra de un artista joven concite estas claves resulta, de entrada, admirable y fascinante a partes iguales. Valverde asume una absoluta parquedad de medios, rayana en ese ascetismo acendrado y manifestada en la economía de la representación y en la restringidísima paleta, prácticamente protagonizada por el negro y el azul. Sin embargo, uno intuye en ello no únicamente una opción que le permita adquirir una voz propia, sino una suerte de ‘tour de force’ basado en la renuncia que, a su vez, impone una mayor exigencia y le hace subvertir esa adustez. Cuánto de cierto misticismo hispano hay en ello. En el título de la exposición adquiere un indudable protagonismo el tiempo, con su consecuente paso o acontecer, como principal e inexcusable agente transformador y destructor. El tiempo conduce a la deformación y a la muerte. Muchas de sus piezas se muestran afín a esa obsesión barroca por el tiempo –un periodo cruzado por pandemias, no lo olvidemos- que desembocaría en la certeza de la fugacidad de la vida, la traslación de una angustia existencial y la obsesiva representación de la muerte en géneros como el ‘memento mori’ o la ‘vanitas’.

Hace 3 años, en la primavera de 2018, un Valverde próximo a éste que ahora contemplamos hizo aparición en ‘JM Show’, la exposición ‘en proceso’ que la Galería JM desarrollaba entonces, en la que, como en un ‘efecto dominó’, un creador llegaba para sustituir a otro y generar nuevos diálogos con otros que permanecían. Aquel Valverde, que prologaba al actual, evidenciaba un innegable crecimiento. Ese progreso continúa ahora. Con ‘Selva del tiempo’, Valverde no sólo presenta una magnífica exposición, cuajada de piezas de gran intensidad, derroche matérico y contención cromática, sobre todo nos ofrece definitivamente una voz propia, modulada con paciencia y entrega en un largo proceso de decantación. Un proceso que bien pudiera ser un viaje. Una travesía que ha dejado de lado las iniciales citas y referencias a pintores internacionales –en 2015 señalábamos en estas mismas páginas, en relación a la exposición ‘Causa o pretexto’, esas evidentísimas deudas-, para emprender una singladura más difícil y compleja: la del viaje interior, la de la introspección y la que le ha acercado a su vinculación familiar con la pintura a través de la figura de uno de sus abuelos, quien, además de pintor que trabajó el maleable óleo, fue artesano que lidió con el frío mármol de las lápidas. En el principio parecía estar la muerte.

Pero ‘Selva del tiempo’ nos trae también a un Valverde escultor. Podría caber la sorpresa de enfrentarnos a él en esta disciplina, pero observando su pintura parece como lógica o consecuente esta derivación. Desde la oscuridad monocroma de su negra paleta, progresivamente aclarada y rota principalmente por azules, juega con las calidades mates y los brillos, tanto como con la pincelada, que adquiere tal untuosidad y empaste que pasa a ser volumétrica, llevando las imágenes desde lo más profundo de la superficie pictórica a una condición objetual. De hecho, muchas de las imágenes que yacen en la materia pictórica por él aplicada se nos muestran gracias a que adquieren tal volumen que sobresalen del plano o a que quedan rehundidas en el ‘magma’ de óleo. Es esa untuosidad o empaste de la materia pictórica que aplica con pincel, espátula o desde el tubo la que sofoca nuestra inicial ‘ceguera’ o ‘incredulidad’ ante lo que no captamos al primer golpe de vita. Como Santo Tomás ante Jesús resucitado necesitamos introducir, en este caso, la vista en el cuerpo de la pintura, en la fisicidad de la metafórica llaga producida por el pincel y no por los clavos. Partiendo de este carácter volumétrico de su pintura, desde el huecorrelieve al altorrelieve, y desde esa tentativa material que ‘empuja’ a que fragmentos de imágenes excedan esa condición adquiriendo la de objetual, podemos comprender esta nueva vertiente. Casi todas las esculturas son calaveras y rostros grotescos en los que se entrecruzan referencias a Picasso, Giacometti o Franz West. El tratamiento expresivo del material (cemento y yeso), acorde con la deformidad de la fisonomía, contrasta de modo macabro con la presencia de piezas dentales en cerámica esmaltada.

Valverde sigue reflexionando sobre la inefabilidad de la representación gracias a la dominante monocromía que, por momentos, parece ocultar los motivos. Nos obliga a que, en un ejercicio de fenomenología de la percepción, nos relacionemos con sus piezas para que, con nuestra cambiante posición ante ellas, ‘nazcan’ esas referencias visuales. De hecho, algunas obras llevan por título ‘La aparición’ o ‘Aparición del símbolo’. En sus paisajes o escenas de vegetación, como en  el portentoso friso o tríptico que domina el espacio central, laten cráneos y cantos fúnebres que sabemos que emergerán. No cabe la sorpresa ante la aparición de éstos, si acaso la admiración ante la factura de esos pormenores lúgubres. No podemos replicar las caras sorpresivas de aquellos pastores que pintara Nicolas Poussin en ‘Et in Arcadia ego’ (1637-38) al descubrir la lápida con la que la muerte venía a despertarlos de la bucólica narcosis.

El conjunto se articula sutilmente, mediante una escultura ambivalente, ‘Cirineo’, en dos grupos temáticos, dedicados a la muerte y a la naturaleza, con exuberante vegetación y fastuosas aves este último. ‘Cirineo’ actúa como limen entre los dos grupos temáticos de la muestra. Es una pieza con un exquisito eco centroeuropeo. El ‘stipes’ del sacrificial madero, el árbol en el envés, la piedra como calvario, una cruz caída esperando a un cirineo. Si la miramos desde unos de sus frentes, vemos como ese árbol pintado se relaciona con las imágenes de foresta y aves que cuelgan en las paredes del fondo. Si miramos esa pieza esculto-pictórica por el lado opuesto, por el envés, esa alusión al madero donde es crucificado Jesús se recorta ante el espacio de la galería ocupado por las obras consagradas a la muerte.

Este conjunto de piezas, por su tono expresivo, por cómo Valverde juega en varios casos con una enunciación grotesca de los motivos, por lo caricaturesco de algunos personajes, por el tono surrealizante de algunas escenas, por el ambiente tétrico y por aferrarse en distintas piezas a la materialidad de objetos cotidianos, sin aparente simbolismo, permiten que, aun advirtiendo ese lenguaje propio que ha sabido ir decantando, podamos considerarlo ‘heredero’ de Francisco Peinado, uno de los grandes maestros de las últimas décadas.

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